12/11/17

Cuentos: "FALDUM" - HERMAN HESSE


FALDUM
HERMAN HESSE

La carretera que llevaba a la ciudad de Faldum a lo largo del montañoso país, atravesaba bosques, trigales, prados verdes y extensos. Y cuanto más se acercaba a la ciudad, tanto más frecuentes eran las granjas, huertos y casas de campo a lo largo del camino. El mar se hallaba a gran distancia -no se lo veía y el mundo no parecía consistir sino en colinas, valles pequeños y hermosos, praderas, bosques, labrantíos y huertos frutales. Era un país que no sufría carencia alguna de frutas y madera, leche y carne, manzanas y nueces. Las aldeas eran muy bonitas y limpias, y las gentes en general honradas y laboriosas, nada amigas de empresas arriesgadas o inquietantes. Y cada cual estaba contento de que al vecino no le fuera peor que a uno mismo. Tal era la naturaleza del país de Faldum, y de un modo similar lo es la de la mayoría de los países del mundo, en tanto no ocurran cosas extraordinarias.

La bonita carretera que conducía a la ciudad (se la llamaba Faldum, igual que el país), aquella mañana, desde el primer canto del gallo, estaba tan vivamente animada y concurrida como sólo podía vérsela una vez al año. Pues ese día se celebraba la gran feria de la ciudad, y en veinte millas a la redonda no había campesino o campesina, maestro, oficial o aprendiz, peón o criada, muchacho o muchacha que no hubiera estado pensando durante semanas en la gran feria, soñando con visitarla. Por supuesto, no todos podían ir: también había que cuidar el ganado, los niños pequeños, los ancianos y enfermos. Y aquel a quien le había tocado quedarse a vigilar la casa y el corral, creía haber perdido casi un año de su existencia, y hasta le dolía ese hermoso sol que desde muy temprano se mostraba cálido y festivo en el cielo azul de fines del verano.

Las mujeres y las sirvientas venían con sus canastitos al brazo, y los jóvenes de mejillas afeitadas, con sendos claveles o amelos en el ojal, todos bien endomingados; y también venían las colegialas con sus cabellos brillantes, todavía húmedos y opulentos, cuidadosamente trenzados. Los conductores de coches llevaban una flor o una cintita roja anudada al mango del látigo, y el que podía permitírselo engalanaba sus corceles con grandes jaeces de cuero hasta las corvas, de los que pendían relucientes discos de latón. Marchaban también carromatos, sobre los cuales se había armado un toldo verde con ramas de haya arqueadas, y debajo se sentaba muy apretada la gente con canastos o niños en el regazo; la mayoría cantaba a coro en voz bien alta. Entre aquellos vehículos circulaba a ratos un coche, adornado con banderas y flores de papel rojas, azules y blancas entre el verde follaje de hayas, del que provenía una música aldeana estridente, y en medio de las ramas se veían en la penumbra las doradas trompas y trompetas que relucían suave y deliciosamente. Chiquillos que desde el amanecer habían estado jugando y corriendo empezaron a lloriquear, y eran consolados por sus madres sudorosas: alguno encontraba refugio al lado de un cochero bondadoso. Una anciana empujaba un cochecito con dos mellizas que iban durmiendo; y entre las dormidas cabecitas infantiles, sobre la almohada, no menos redondas y rubicundas, yacían dos muñecas bien peinadas y primorosamente vestidas.

Aquellos que tenían su morada junto a la carretera y no estaban ese día camino a la feria, disfrutaban de una mañana entretenida y podían distraer sus ojos sin cesar. Pero de esos había pocos. Sentado en una escalera de jardinero, un niño de diez años lloraba, ese día tendría que quedarse en casa con la abuela. Pero tras haber comido y Horado bastante, al ver pasar corriendo a un par de chicos de la aldea, pegó de improviso un salto y se unió a ellos. No lejos de ese sitio vivía un viejo solterón que no quería saber nada de la feria, porque sentía gastar su dinero en esas cosas. Se había propuesto, mientras todo el mundo estaba de fiesta, recortar, sin que nadie lo viera, el crecido seto de espino blanco de su jardín, pues buena falta le hacía; y en efecto, apenas se disipó un poco el rocío mañanero, puso animosamente manos a la obra con las grandes tijeras de podar. Pero poco antes de una hora tuvo que dejar el trabajo y se metió, irritado, en su casa, pues no había jovencito que pasase a pie o en coche por allí, que no contemplase asombrado al podador y le hiciera luego alguna broma respecto a su laboriosidad intempestiva, lo que hacía reír a las muchachas. Y como se enfureciese y los amenazara con sus largas tijeras de podar, entonces todo el mundo se quitaba el sombrero, lo agitaba y hacía ostentosos saludos con risas y ademanes burlones. Así acabó por sentarse adentro tras los postigos cerrados, pero desde allí dirigía miradas envidiosas a través de las rendijas; y cuando con el tiempo se le fue calmando la furia y vio pasar deprisa o corriendo a los contados y últimos concurrentes a la feria, como si estuvieran por perder el alma, se puso los zapatos, echó un escudo en la bolsa, empuñó el bastón y se dispuso a salir. Pero de pronto se le ocurrió que un escudo era mucho dinero. Lo sacó, lo sustituyó por medio escudo y volvió a atar la bolsa de cuero. Acto seguido la metió en el bolsillo, cerró la puerta de la casa y del jardín, y salió corriendo tan apresuradamente que antes de llegar a la ciudad se adelantó a varios peatones e incluso a dos carruajes.

Ya estaba lejos; su casa y su jardín habían quedado vacíos, y el polvo de la carretera ya comenzaba a posarse. El trote de los caballos y la música de los instrumentos de viento se habían extinguido y perdido. Los gorriones venían desde las rastrojeras, se bañaban en el blanco polvo y observaban lo que había quedado del tumulto. La carretera se extendía despoblada, muerta y caliente, y desde muy lejos, débil y extraviado, llegaba de vez en cuando algún grito de alegría, y algún tono como de música marcial.

En eso, salió del bosque un hombre con un sombrero de ala ancha calado hasta los ojos, caminando solo y sin prisa alguna por la desierta carretera. Era muy corpulento y tenía el paso firme y sosegado de los viajeros que han andado mucho. Vestía de gris y modestamente; desde la sombra proyectada por el sombrero sus ojos miraban con el cuidado y la calma propios de un hombre que no pretende nada más del mundo, pero que contempla con atención cada cosa y no pasa por alto ninguna. Lo observaba todo: los incontables y confundidos rastros de los carruajes; las huellas de la herradura de cierto caballo cuya pata trasera izquierda se venía arrastrando; la lejana ciudad de Faldum, pequeña aún, envuelta en un vaho polvoriento, que se elevaba sobre una colina con sus tejados brillantes; a una viejecita que, llena de miedo y en dificultades, andaba desconcertada por un jardín llamando- a alguien que no contestaba. En uno de los bordes del camino vio también el destello de un pequeño objeto de metal: se agachó y recogió un brillante disco de latón que seguramente se le había caído de la collera a algún caballo y se lo puso como una especie de insignia. Y luego vio junto a la carretera un viejo seto de espino blanco recientemente podado a lo largo de unos pocos metros. Al principio el trabajo parecía haber sido realizado con precisión, prolijidad y gusto, pero luego, a cada medio metro, la cosa empeoraba, pues aquí se había dado un corte demasiado profundo, allí sobresalían olvidadas algunas ramas hirsutas y espinosas. Más adelante encontró el forastero una muñeca tirada en la carretera, sobre cuya cabeza debió haber pasado la rueda de un coche, y un trozo de pan de centeno que brillaba todavía a causa de la mantequilla derretida untada sobre él; y por último halló una bolsa de recio cuero, dentro de la que había una moneda de medio escudo. Recostó la muñeca a la orilla del camino contra un guardacantón; i ¡desmigajó el pan y lo repartió entre los gorriones; y metió en su bolsillo la bolsa con el medio escudo.

Todo estaba indeciblemente calmo en la carretera abandonada. El césped de las orillas aparecía cubierto de una espesa capa de polvo y agostado a causa del sol. Cerca de allí, en el corral de una granja, las gallinas -no se veía un alma- cacareaban y tartamudeaban soñolientas por el calor del sol. En un azulado huerto de coles, una vieja encorvada arrancaba yuyos del suelo reseco. El caminante le preguntó cuánto faltaba todavía para llegar a la ciudad. Pero era sorda, y aunque él luego le habló más fuerte, ella sólo pudo mirarlo con cara de súplica y sacudió la cabeza canosa.

Mientras seguía adelante, comenzó a oír la lejana música de la ciudad, que por momentos se percibía y por momentos no; a medida que se aproximaba, los sonidos se hacían más frecuentes y prolongados. Por último se escuchó la música y una confusión de voces ininterrumpidamente -parecía una cascada remota como si todo el gentío allí reunido estuviera en plena diversión. Un arroyo corría ahora junto a la carretera, ancho y tranquilo, en el que nadaban patos, mientras bajo el espejo azul crecían las algas verdeoscuras. En aquel punto la carretera empezaba a subir, el arroyo hacía una curva y un puente de piedra lo cruzaba. Sobre el angosto pretil del puente estaba sentado un hombre -una flaca silueta de sastre- durmiendo con la cabeza agachada. El sombrero se le había caído en el polvo y junto a él, como vigilando, había un gracioso perrito. El forastero intentó despertar al que dormía, pues corría peligro de caerse del puente. No obstante, miró primero abajo y vio que la altura era escasa y las aguas poco profundas; dejó entonces que el sastre continuase durmiendo en su asiento.

Y ahora, tras una pequeña subida empinada, la puerta de la ciudad de Faldum, que se ofrecía abierta de par en par, sin ninguna persona a la vista. El hombre la traspuso y y sus pasos retumbaron de pronto con fuerza en una calle empedrada, donde a lo largo de las casas, a ambos lados de la calzada, había una hilera de carros y calesas vacíos y desenganchados. Desde otras calles venían ruidos y un sordo rodar de coches, pero allí no podía verse a nadie. La callejuela yacía en plena sombra y sólo las ventanas superiores de las casas reflejaban la dorada luz del día. Allí se detuvo el caminante a descansar un poco, sentándose en la lanza de un carromato. Al continuar la marcha, dejó sobre el pescante el disco de latón que había encontrado un rato antes.

Apenas había terminado de recorrer otra calle, cuando se vio rodeado por los ruidos y alborotos de la feria. En cien barracas, vendedores gritones pregonaban sus mercaderías; los niños soplaban en plateadas trompetas; los carniceros sacaban ristras enteras de frescas y húmedas salchichas de las enormes calderas hirvientes; un charlatán, de pie sobre una tribuna elevada, miraba con vehemencía a través de unos gruesos anteojos de cuerno y señalaba hacia una pizarra donde constaban todas las enfermedades y achaques del género humano. Cerca del caminante pasó un hombre de largos cabellos negros, que llevaba un camello de una cuerda. El animal miró orgullosamente desde su largo pescuezo a la multitud abajo, rumiando en todas direcciones con sus labios hendidos.

El hombre del bosque lo contemplaba todo con atención. Se dejaba apretujar y empujar por el gentío; miraba en la barraca de un hombre que ofrecía pliegos de aleluyas; y más allá leía los proverbios y marbetes estampados en los alfajores azucarados. Pero no se detenía en sitio alguno, y parecía como si no encontrara lo que estaba buscando. Así fue avanzando lentamente hasta llegar a la gran plaza principal, en una esquina en la cual anidaba un vendedor de pájaros. Se quedó allí un rato escuchando las voces que provenían de las muchas as, y contestó con suave silbido al pardillo y a la codorniz, al canario y a la curruca.

De pronto advirtió cerca de sí algo que centelleaba tan clara y cegadoramente, como si toda la luz del sol se hubiera concentrado en un solo sitio. Habiéndose aproximado más, vio que se trataba de un gran espejo que colgaba en un puesto de la feria, y junto al cual pendían otros muchos, decenas, un centenar o más: grandes y pequeños, cuadrados, redondos y ovales, espejos de pared y para ser montados, espejos de mano, y asimismo espejitos finos de bolsillo, de los que uno puede llevar consigo para no olvidar la propia cara. El vendedor, con un centelleante espejo de mano en alto, recogía la luz del sol, haciendo luego bailar reflejos fulgurantes sobre su barraca, en tanto que gritaba incansablemente: «¡Espejos, caballeros, aquí se venden espejos! ¡Los mejores espejos, los espejos más baratos de Faldum! ¡Espejos, señoras, magníficos espejos! ¡Fíjense ustedes bien: todo auténtico, todo del mejor cristal!»

El forastero se estacionó junto al puesto de los espejos, como alguien que ha encontrado lo que buscaba. Entre la gente que contemplaba los espejos, había tres muchachas oriundas del país; él se puso a su lado y las miró atentamente. Eran jóvenes campesinas frescas y sanas, ni lindas ni feas. Calzaban zapatos de suela fuerte y medias blancas; tenían trenzas rubias, algo descoloridas por el sol, y animados ojos jóvenes. Las tres sostenían sendos espejos en la mano, aunque no de los grandes y caros; y mientras dudaban en comprarlos y gustaban el dulce tormento de la elección, dirigían de tanto en tanto perdidas y soñadoras miradas sobre la pulida profundidad de los espejos y contemplaban su propia efigie, boca y ojos, el pequeño adorno colgado al cuello, el par de pecas de la nariz, la lisa raya del pelo, la oreja sonrosada. Todo lo cual fue llevándolas al silencio y a poner una cara seria, de modo que el forastero, que estaba detrás de las jóvenes, veía cómo sus rostros miraban desde los espejos con ojos muy abiertos y casi solemnemente.

«¡Ay!», oyó que decía la primera, «¡quisiera. que mi pelo fuese todo rubio como el oro y tan largo que me llegara a las rodillas!»

La segunda muchacha, tras oír el deseo de su amiga, suspiró quedamente y miró de manera entrañable a su espejo, y confesando con rubor también lo que su corazón soñaba, dijo tímidamente: «A mí, si me fuera permitido desear, me gustaría tener las manos más hermosas del mundo, enteramente blancas y tersas con dedos largos y delgados y uñas rosadas.» Al mismo tiempo miraba su mano, que sostenía un espejo oval. La mano no era fea, pero sí un poco ancha y corta y se había puesto tosca y dura a causa del trabajo.

La tercera, que era la menor y la más alegre de las tres, tres, se rió de todo ello y dijo divertida: «No está mal ese deseo, pero las manos no son tan importantes. A mí lo que más me gustaría es convertirme a partir de hoy en la mejor y más ágil bailarina de todo Faldum.»

Pero en ese momento la muchacha se asustó y se volvió, porque desde el espejo y tras su propio rostro la miraba un desconocido de ojos negros y brillantes. Era el forastero, que se había situado detrás de ella, y en el que ninguna de las tres había reparado hasta entonces. Lo miraron asombradas cuando él saludó con una inclinación de cabeza v exclamó: «Por cierto que habéis manifestado tres hermosos deseos, señoritas. ¿Los habéis pedido verdaderamente en serio?»

La menor había colocado a un lado el espejo y escondido las manos tras la espalda. Tenía ganas de hacer pagar al hombre el pequeño susto que le había dado, y pensó contestarle con una palabra cortante. Pero al mirar su rostro, le vio tanto poder en la mirada, que se quedó sin saber qué hacer. «¿Qué puede importaros lo que deseo para mí?» dijo simplemente y se ruborizó.

Pero la otra, la que había deseado para sí unas manos finas, cobró confianza hacia aquel hombrón, de cuya naturaleza emanaba algo paternal y digno. «Por cierto que sí», dijo, «lo pedíamos en serio. ¿Es que pueden desearse cosas más hermosas?»

El vendedor de espejos se había aproximado y otras personas prestaban asimismo atención. El forastero se había levantado el ala del sombrero, de modo que se le veían una frente clara y despejada y los ojos imperiosos. Se inclinó ante las tres muchachas y exclamó sonriente: «¡Ved, ya tenéis todo lo que habéis deseado!»

Las muchachas se miraron unas a otras, y luego rápidamente en un espejo. Las tres palidecieron entonces de asombro y alegría. Una había adquirido espesos rizos dorados que le llegaban hasta las rodillas. La segunda sostenía su espejo con manos blanquísimas y muy esbeltas, propias de una princesa. Y la tercera se halló de pronto erguida sobre zapatillas de baile de cuero rojo, mientras sus tobillos se habían vuelto tan finos como los de una corza. No podían comprender nada de lo que había sucedido, pero la de las manos aristocráticas rompió en un piadoso llanto, y tras apoyarse en el hombro de su amiga lloró de felicidad en su larga cabellera de oro.

Enseguida se empezó a comentar y a gritar la historia del milagro por todo el ámbito de la feria. Un joven menestral que lo había visto todo, estaba allí parado con ojos desorbitados y miraba al desconocido fijamente, como petrificado.

«¿Por qué no deseas tú también algo?», le preguntó de sopetón el desconocido.

El operario se sobresaltó, estaba completamente desorientado y dejó correr desvalido la mirada en derredor, en acecho de algo que pudiera desear. Vio entonces, colgada en la tienda de un carnicero, una enorme ror de un grueso y rojo salchichón ahumado, y señalando en aquella dirección, tartamudeó: «Me gustaría una ristra de salchichón ahumado como ésa.» Y en el acto la, ristra le colgaba del cuello, y todos los que lo vieron empezaron a reír y a gritar, y cada uno trataba de arrimarse al forastero y quería formular también su deseo. Así lo hicieron, en efecto, y el que estaba más cerca en la fila fue más atrevido y pidió un traje de paño nuevo para pasear los domingos. Y apenas formulara su deseo, estaba metido en un traje elegantísimo y flamante, comparable a los del burgomaestre. Después le tocó a una campesina, que tuvo el ánimo de pedir francamente diez escudos, e inmediatamente los diez escudos tintineaban en su bolsillo.

Con esto la gente vio que ocurrían allí milagros verdaderos, y pronto rodaron las noticias por toda la plaza del mercado y a través de la ciudad. La multitud formó entonces rápidamente una gigantesca masa compacta en torno a la barraca del vendedor de espejos. Muchos se reían todavía y tomaban aquello a broma; otros no creían nada y hablaban con desconfianza. Pero muchos, atacados por la fiebre de los deseos, acudían corriendo con Ojos ardientes y rostros sofocados que la codicia y la inquietud desfiguraba, pues temían que el manantial pudiera agotarse antes de que ellos alcanzaran a extraer el agua. Los niños pedían pasteles, ballestas, perros, sacos llenos de nueces, libros y juegos de bolos; las muchachas se marchaban de allí felices con nuevos vestidos, cintas, guantes y sombrillas. Un pequeño de diez años, que se había escapado de casa de la abuela, y a quien la magnificencia y el brillo de la feria habían sacado de quicio, pidió con voz clara un caballito vivo, pero negro, tenía que ser negro. De inmediato relinchó tras él un potrillo negro y restregó confiadamente su cabeza contra la espalda del niño.

Entre la muchedumbre totalmente ebria a causa del prodigio, se abrió paso a la fuerza un solterón entrado en años, bastón de paseo en mano, que se adelantó temblando y apenas podía pronunciar palabras debido a la excitación que traía.

«Deseo», dijo tartamudeando, «de ... seo doscientos ... » El forastero lo miró, como inspeccionándolo, sacó una bolsa de cuero de sus bolsillos y la puso ante los ojos del excitado hombrecito. «¡Esperad un momento!», dijo. «¿No habéis perdido por ventura este monedero? Hay medio escudo dentro.»

«¡Sí, sí, yo lo he perdido!», exclamó el solterón. «Es mío.»

«¿Queréis recuperarlo?»

«¡Sí, sí, dádmelo!»

De este modo recibió la bolsa, con lo cual malgastó su deseo, y entonces, al darse cuenta, levantó su bastón, lleno de ira, contra el desconocido, pero no le acertó y sólo llegó a derribar un espejo. El ruido de los fragmentos no se había disipado aún, cuando se presentó el vendedor y exigió el dinero correspondiente, que el solterón tuvo que pagar.

En ese momento se adelantó un propietario gordo y formuló un deseo importante, a saber: un nuevo tejado para su casa. De inmediato le llegó desde la calle donde estaba situada la casa el resplandor de aquél, con sus tejas flamantes y la blanca chimenea encalada. Todos se agitaron de nuevo, y sus deseos crecieron cada vez más. Pronto surgió uno que sin la menor vergüenza y con la mayor modestia pidió una casa nueva de cuatro pisos en la plaza principal. Y un cuarto de hora más tarde se apoyaba sobre el alféizar de su propia ventana y contemplaba la feria desde allí.

En realidad, ya no había feria. Toda la vida de la ciudad salía, como el río de la fuente, del lugar donde estaba la barraca de los espejos en la que se hallaba el desconocido y donde era posible satisfacer los deseos de cada uno. Gritos de admiración, envidia o carcajadas seguían a cada deseo, y cuando un chiquilín hambriento deseó para sí nada más que un sombrero lleno de ciruelas, le fue llenado con escudos el sombrero de alguien que no había sido demasiado modesto en su solicitud. Gran alborozo y aplauso provocó la gruesa mujer de un tendero que quería verse libre de un molesto bocio. Aquí se mostró, sin embargo, lo que la saña y la envidia son capaces de hacer. Pues el propio marido, malavenido como estaba con ella -precisamente acababan de reñir-, utilizó el deseo que hubiera podido volverlo rico, para pedir que el bocio desaparecido volviera a su antiguo lugar. Pero el ejemplo había sido dado, y fueron traídos un montón de lisiados y enfermos. Y la multitud entró en un nuevo estado de embriaguez cuando los tullidos empezaron a bailar y los ciegos saludaron a la luz con ojos dichosos.

Entretanto, la gente menor había estado correteando por todas partes y divulgando el espléndido prodigio. Así hablaban, por ejemplo, de una vieja y fiel cocinera que estando junto al horno ocupada en asar un ganso para su amo, sintió llegar a través de la ventana también esas voces. No pudiendo resistirse, salió corriendo hacia la plaza del mercado, para pedir que se le cumpliera su anhelo de vida opulenta y feliz. Pero a medida que iba avanzando entre la muchedumbre, tanto más claramente le remordía la conciencia, y cuando le llegó el turno y pudo formular su deseo, renunció a todo y sólo pidió que el ganso no se hubiera achicharrado antes de estar ella de vuelta.

El tumulto no tenía fin. Las niñeras salían precipitadamente de sus casas y llevaban a los críos en los brazos, los enfermos se levantaban de sus camas y corrían afanosos en camisa por las calles. También acudió, completamente trastornada y desesperada, una viejecita que había venido andando desde el campo, y cuando se enteró del asunto de los deseos, rogó entre sollozos que pudiera volver a ver sano y salvo al nieto que se le había perdido. Y he aquí que llegó de inmediato el chico montado en un caballito negro y cayó riendo en sus brazos.

Por último, la ciudad entera, trastornada, se encontró en pleno delirio. Parejas de enamorados, cuyos deseos se habían cumplido, andaban del brazo; familias pobres se paseaban en calesas vistiendo aún las ropas remendadas que se habían puesto esa misma mañana. Todos los que estaban ya arrepentidos, y no eran pocos, de haber formulado un deseo poco inteligente, se alejaban tristes o bebían para olvidar en el viejo pozo del mercado, que se había llenado del mejor vino por el deseo de un bromista.

Y finalmente quedaron en la ciudad de Faldum sólo dos hombres que no sabían nada del prodigio y no habían solicitado ningún deseo para sí. Eran dos jóvenes que se pasaban el tiempo metidos en la alta buhardilla de una vieja casa del suburbio, con las ventanas cerradas. Uno de ellos estaba en el centro del cuarto, sujetaba el violín bajo la barbilla y tocaba con pasión; el otro, sentado en un rincón, sostenía la cabeza entre las manos y estaba completamente sumido en lo que escuchaba. A través de los pequeños vidrios de la ventana entraba un sol oblicuo y crepuscular y encendía con su luz intensa un ramillete de flores que se hallaba sobre la mesa, jugando sobre el papel pintado y roto de la pared. La habitación se veía colmada de una cálida luz y de las notas ardientes del violín, igual que una pequeña y escondida cámara de tesoros con el resplandor de las piedras preciosas allí reunidas. El violinista se mecía a uno y otro lado mientras tocaba, y tenía los Ojos cerrados. El oyente miraba mudo el piso, tan inmóvil y ausente como si la vida se le hubiera paralizado.

Entonces se sintieron pasos fuertes en la calle, el portal fue abierto bruscamente, y los pasos se fueron acercando, firmes y ruidosos, escaleras arriba, hasta llegar a la buhardilla. Era el dueño de la casa, que abrió de un empujón la puerta de la estancia y entró dando voces y riendo, de modo que la música se interrumpió abruptamente y el absorto oyente dio un salto furioso y disgustado. También el violinista se mostró triste y colérico ante la interrupción y miró con reproche la risueña cara del dueño de la casa. Pero éste no reparó en ello, agitó los brazos como un borracho y gritó: «¡Eh, vosotros, chiflados, estáis ahí sentados y tocando el violín, y afuera el mando entero se está transformando! ¡Despertad y corred, que no es demasiado tarde aún; en la plaza del mercado hay un hombre que puede realizar los deseos de cada uno! Ya no necesitaréis vivir bajo este techo ni seguir debiendo un alquiler insignificante. ¡Arriba y adelante, antes de que sea demasiado tarde! También yo me he convertido hoy en un hombre rico.»

El violinista escuchó atónito, y puesto que el hombre no le daba paz, dejó a un lado el violín y se encasquetó el sombrero en la cabeza; su amigo lo siguió en silencio. Apenas habían salido de la casa, cuando vieron media ciudad transformada del modo más extraordinario. Con el pecho oprimido, como en mitad de un suefío, pasaron por delante de casas que el día anterior se asentaban grises, contrahechas y míseras, y ahora se erguían altas y adornadas cual palacios. Gentes a las que conocieron como mendigos, iban en coches de cuatro caballos o miraban, alardeando orgullosos, desde las ventanas de sus hermosas casas. Un hombre flaco, con aparienda de sastre, al que seguía un perrito minúsculo, se arrastraba agotado y sudoroso con un saco grande y pesado a cuestas, del cual goteaban, por un agujerito, monedas de oro sobre el empedrado.

Ambos jóvenes llegaron como autómatas a la plaza del mercado, hasta la barraca de los espejos. Allí estaba el desconocido, que les dijo: «No tenéis mucho apuro, según parece, en solicitar vuestros deseos. Precisamente me disponía a irme. Decid, pues, lo que deseáis, sin ningún reparo.

El violinista meneó la cabeza y dijo: «¡Ay, si me hubiérais dejado en paz! No necesito nada.»

«¿No? ¡Piénsalo bien!», exclamó el desconocido. «No tienes más que pedir aquello que se te ocurra.»

Entonces el violinista cerró los ojos un rato y meditó. Y luego dijo en voz baja: «Quiero un violín en el que pueda tocar tan maravillosamente, que todo el mundo con sus ruidos no pueda llegar hasta mí.»

Acto seguido, tenía en sus manos un hermoso violín y un arco. Apretó el violín contra sí y comenzó a tocar: el sonido era dulce y poderoso como una melodía del paraíso. Quien lo oía, se detenía a escuchar con atención y sus ojos adquirían gravedad. Pero como tocase de un modo cada vez más entrañable y majestuoso, fue arrebatado por los Invisibles y se desvaneció en las alturas. Y todavía llegaba desde la lejanía el eco de su música como el suave resplandor del atardecer.

«¿Y tú? ¿Qué vas a desear», preguntó el forastero al otro muchacho.

«¡Me habéis quitado ahora también al violinista!», dijo el joven. «Yo no quería otra cosa de la vida más que oír y contemplar, y pensar sólo en aquello que es imperecedero. Por eso desearía convertirme en una montaña, tan grande como el país de Faldum y tan alta que mi cumbre se elevara por encima de las nubes.»

Entonces comenzó a tronar bajo la tierra, y todo empezó a vacilar; sonó un estrepitoso entrechocar de vidrios, los espejos cayeron hecho añicos sobre el empedrado de la calle; la plaza del mercado se alzó oscilando, así como se alza un paño bajo el que duerme un gato cuando éste despierta y arquea el lomo. Un terror inmenso se adueñó del pueblo; millares de personas huyeron de la ciudad dando gritos, en dirección al campo. Aquellos, empero, que permanecieron en la plaza, vieron surgir detrás de la ciudad una montaña imponente que penetró en las nubes del atardecer. Y simultáneamente vieron que el tranquilo arroyo se metamorfoseaba en un torrente blanco y bravío que, desde lo alto de la montaña llegaba espumeando al valle, tras formar muchos saltos y cascadas.

Había transcurrido un instante y ya el país de Faldum se había convertido en una montaña gigantesca, en cuya falda yacía la ciudad; a lo lejos, en lo hondo, se divisaba el mar. Pero nadie había sufrido daño alguno.

Un viejo que se había quedado junto a la barraca de los espejos y que lo había presenciado todo, dijo a su vecino: «El mundo se ha vuelto loco; estoy contento de no tener que vivir ya mucho tiempo. Sólo siento pena por el violinista, me hubiera gustado oír su música otra vez.»

«Sí», dijo el otro. «Pero decidrne, ¿adónde se ha marchado el desconocido?»

Miraron en torno: había desaparecido. Y cuando dirigieron la vista arriba, a la nueva montaña, vieron en lo alto al forastero, que se alejaba envuelto en una capa tremolante, recortado por unos instantes, enorme, contra el cielo del ocaso, y se desvaneció tras una arista de la roca.

30/10/17

Cuentos: "EL SILENCIO DE LAS SIRENAS" - Franz Kafka.

Cuentos EL SILENCIO DE LAS SIRENAS  Franz Kafka.

EL SILENCIO DE LAS SIRENAS.

Prueba de que también medios insuficientes y hasta pueriles pueden servir para la salvación:

Para guardarse de las sirenas, Ulises se tapó los oídos con cera y se hizo encadenar al mástil. Algo semejante podrían, naturalmente, haber hecho desde tiempo antiguo los viajeros, con excepción de aquellos a quienes las sirenas atraían desde lejos, pero en el mundo entero se reconocía que ese recurso no podía servir para nada. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, y la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Pero Ulises no pensó en ello, si bien quizá algo habría llegado a sus oídos. Confiaba por completo en los trocitos de cera y en la atadura de las cadenas, y con la inocente alegría que le ocasionaba su estratagema marchó al encuentro de las sirenas.

Pero éstas tienen un arma más terrible aún que el canto: su silencio. Aunque no ha sucedido, es quizá imaginable la posibilidad de que alguien se haya salvado de su canto, pero de su silencio ciertamente no. Ningún poder terreno puede resistir la soberbia arrolladora generada por el sentimiento de haberlas vencido con las propias fuerzas.

Y, en efecto, al llegar Ulises, no cantaron las cantantes poderosas; fuera porque creyesen que a aquel adversario sólo podía vencérselo con el silencio, o porque la contemplación de la felicidad reflejada en el rostro de Ulises, que no pensaba sino en cera y cadenas, les hiciera olvidar todo canto.

Pero Ulises, para expresarlo así, no oía su silencio, creía que cantaban y que sólo él se hallaba exento de oírlas. Fugazmente vio primero las curvas de los cuellos, la respiración profunda, los ojos arrasados en lágrimas, los labios entreabiertos, pero creyó que esto pertenecía a las melodías que se alzaban, inaudibles, en torno de él. Más pronto todo se deslizó fuera del campo de sus miradas puestas en la lejanía, las sirenas desaparecieron ante su resolución, y, precisamente cuando más próximo estaba, ya no supo de esos seres nada más.

Ellas, empero –más hermosas que nunca -, se erguían y se contoneaban, las chorreantes cabelleras ondulando libremente al viento y las garras abiertas sobre las rocas. No querían ya seducir, sino sólo apresar, mientras fuese posible, el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

De haber tenido conciencia, las sirenas habrían sido destruidas aquel día. Pero allí quedaron, y sólo ocurrió que Ulises escapó de entre sus manos.

Aquí, por lo demás, se ha transmitido un agregado. Se dice que Ulises era tan rico en astucias, y tan zorruno, que las mismas deidades del destino no podían penetrar en lo más íntimo de su fuero interno. Aunque ello no sea ya concebible para el entendimiento humano, quizá notó realmente que las sirenas callaron, y opuso a las sirenas y dioses, en cierta manera como escudo.

Franz Kafka.

25/10/17

Cuentos "El escarabajo de oro (2)" - Edgar Allan Poe


El escarabajo de oro (2)
Edgar Allan Poe

Había algo en el tono de esta carta que me produjo una gran inquietud. El estilo difería en absoluto del de Legrand. ¿Con qué podía él soñar? ¿Qué nueva chifladura dominaba su excitable mente? ¿Qué "asunto de la más alta importancia" podía él tener que resolver? El relato de Júpiter no presagiaba nada bueno. Temía yo que la continua opresión del infortunio hubiese a la larga trastornado por completo la razón de mi amigo. Sin un momento de vacilación, me dispuse a acompañar al negro.

Al llegar al fondeadero, vi una guadaña y tres azadas, todas evidentemente nuevas, que yacían en el fondo del barco donde íbamos a navegar.

—¿Qué significa todo esto, Jup?—pregunté.

—Es una guadaña, massa, y unas azadas.

—Es cierto; pero ¿qué hacen aquí?

—Massa Will me ha dicho que comprase eso para él en la ciudad, y lo he pagado muy caro; nos cuesta un dinero de mil demonios.

—Pero, en nombre de todo lo que hay de misterioso, ¿qué va a hacer tu "massa Will" con esa guadaña y esas azadas?

—No me pregunte más de lo que sé; que el diablo me lleve si lo sé yo tampoco. Pero todo eso es cosa del escarabajo.

Viendo que no podía obtener ninguna aclaración de Júpiter, cuya inteligencia entera parecía estar absorbida por el escarabajo, bajé al barco y desplegué la vela. Una agradable y fuerte brisa nos empujó rápidamente hasta la pequeña ensenada al norte del fuerte Moultrie, y un paseo de unas dos millas nos llevó hasta la cabaña. Serían alrededor de las tres de la tarde cuando llegamos. Legrand nos esperaba preso de viva impaciencia. Asió mi mano con nervioso empressement (2) que me alarmó, aumentando mis sospechas nacientes. Su cara era de una palidez espectral, y sus ojos, muy hundidos, brillaban con un fulgor sobrenatural. Después de algunas preguntas sobre mi salud, quise saber, no ocurriéndoseme nada mejor que decir si el teniente G*** le había devuelto el escarabajo.

—¡Oh, sí!—replicó, poniéndose muy colorado—. Le recogí a la mañana siguiente. Por nada me separaría de ese escarabajo. ¿Sabe usted que Júpiter tiene toda la razón respecto a eso?

—¿En qué?—pregunté con un triste presentimiento en el corazón.

—En suponer que el escarabajo es de oro de veras.

Dijo esto con un aire de profunda seriedad que me produjo una indecible desazón.

—Ese escarabajo hará mi fortuna—prosiguió él, con una sonrisa triunfal—al reintegrarme mis posesiones familiares. ¿Es de extrañar que yo lo aprecie tanto? Puesto que la Fortuna ha querido concederme esa dádiva, no tengo más que usarla adecuadamente, y llegaré hasta el oro del cual ella es indicio. ¡Júpiter, trae ese escarabajo!

—¡Cómo! ¡El escarabajo, massa! Prefiero no tener jaleos con el escarabajo; ya sabrá cogerlo usted mismo.

En este momento Legrand se levantó con un aire solemne e imponente, y fué a sacar el insecto de un fanal, dentro del cual le había dejado. Era un hermoso escarabajo desconocido en aquel tiempo por los naturalistas, y, por supuesto, de un gran valor desde un punto de vista científico. Ostentaba dos manchas negras en un extremo del dorso, y en el otro, una más alargada. El caparazón era notablemente duro y brillante, con un aspecto de oro bruñido. Tenía un peso notable, y, bien considerada la cosa, no podía yo censurar demasiado a Júpiter por su opinión respecto a él; pero érame imposible comprender que Legrand fuese de igual opinión.

—Le he enviado a buscar—dijo él, en un tono grandilocuente, cuando hube terminado mi examen del insecto—; le he enviado a buscar para pedirle consejo y ayuda en el cumplimiento de los designios del Destino y del escarabajo...

—Mi querido Legrand—interrumpí—, no está usted bien, sin duda, y haría mejor en tomar algunas precauciones. Váyase a la cama, y me quedaré con usted unos días, hasta que se restablezca. Tiene usted fiebre y...

—Tómeme usted el pulso—dijo él.

Se lo tomé, y, a decir verdad, no encontré el menor síntoma de fiebre.

—Pero puede estar enfermo sin tener fiebre. Permítame esta vez tan sólo que actúe de médico con usted. Y después...

—Se equivoca—interrumpió él—; estoy tan bien como puedo esperar estarlo con la excitación que sufro. Si realmente me quiere usted bien, aliviará esta excitación.

—¿Y qué debo hacer para eso?

—Es muy fácil. Júpiter y yo partimos a una expedición por las colinas, en el continente, y necesitamos para ella la ayuda de una persona en quien podamos confiar. Es usted esa persona única. Ya sea un éxito o un fracaso, la excitación que nota usted en mí se apaciguará igualmente con esa expedición.

—Deseo vivamente servirle a usted en lo que sea —repliqué—; pero ¿pretende usted decir que ese insecto infernal tiene alguna relación con su expedición a las colinas?

—La tiene.

—Entonces, Legrand, no puedo tomar parte en tan absurda empresa.

—Lo siento, lo siento mucho, pues tendremos que intentar hacerlo nosotros solos.

—¡Intentarlo ustedes solos! (¡Este hombre está loco, seguramente!) Pero veamos, ¿cuánto tiempo se propone usted estar ausente?

—Probablemente, toda la noche. Vamos a partir en seguida, y en cualquiera de los casos, estaremos de vuelta al salir el sol.

—¿Y me promete por su honor que, cuando ese capricho haya pasado y el asunto del escarabajo (¡Dios mío!) esté arreglado a su satisfacción, volverá usted a casa y seguirá con exactitud mis prescripciones como las de su médico?

—Sí, se lo prometo; y ahora, partamos, pues no tenemos tiempo que perder.

Acompañé a mi amigo, con el corazón apesadumbrado. A cosa de las cuatro nos pusimos en camino Legrand Júpiter, el perro y yo. Júpiter cogió la guadaña y las azadas. Insistió en cargar con todo ello, más bien, me pareció, por temor a dejar una de aquellas herramientas en manos de su amo que por un exceso de celo o de complacencia. Mostraba un humor de perros, y estas palabras, "condenado escarabajo", fueron las únicas que se escaparon de sus labios durante el viaje. Por mi parte estaba encargado de un par de linternas, mientras Legrand se había contentado con el escarabajo, que llevaba atado al extremo de un trozo de cuerda; lo hacía girar de un lado para otro, con un aire de nigromante, mientras caminaba. Cuando observaba yo aquel último y supremo síntoma del trastorno mental de mi amigo, no podía apenas contener las lágrimas. Pensé, no obstante, que era preferible acceder a su fantasía, al menos por el momento, o hasta que pudiese yo adoptar algunas medidas más enérgicas con una probabilidad de éxito. Entre tanto, intenté, aunque en vano, sondearle respecto al objeto de la expedición. Habiendo conseguido inducirme a que le acompañase, parecía mal dispuesto a entablar conversación sobre un tema de tan poca importancia, y a todas mis preguntas no les concedía otra respuesta que un "Ya veremos".

Atravesamos en una barca la ensenada en la punta de la isla, y trepando por los altos terrenos de la orilla del continente, seguimos la dirección Noroeste, a través de una región sumamente salvaje y desolada, en la que no se veía rastro de un pie humano. Legrand avanzaba con decisión, deteniéndose solamente algunos instantes, aquí y allá, para consultar ciertas señales que debía de haber dejado él mismo en una ocasión anterior.

Caminamos así cerca de dos horas, e iba a ponerse el sol, cuando entramos en una región infinitamente más triste que todo lo que habíamos visto antes. Era una especie de meseta cerca de la cumbre de una colina casi inaccesible, cubierta de espesa arboleda desde la base a la cima, y sembrada de enormes bloques de piedra que parecían esparcidos en mezcolanza sobre el suelo, y muchos de los cuales se hubieran precipitado a los valles inferiores sin la contención de los árboles en que se apoyaban. Profundos barrancos, que se abrían en varias direcciones, daban un aspecto de solemnidad más lúgubre al paisaje.

La plataforma natural sobre la cual habíamos trepado estaba tan repleta de zarzas, que nos dimos cuenta muy pronto de que sin la guadaña nos hubiera sido imposible abrirnos paso. Júpiter, por orden de su amo, se dedicó a despejar el camino hasta el pie de un enorme tulípero que se alzaba, entre ocho o diez robles, sobre la plataforma, y que los sobrepasaba a todos, así como a los árboles que había yo visto hasta entonces, por la belleza de su follaje y forma, por la inmensa expansión de su ramaje y por la majestad general de su aspecto. Cuando hubimos llegado a aquel árbol. Legrand se volvió hacia Júpiter y le preguntó si se creía capaz de trepar por él. El viejo pareció un tanto azarado por la pregunta, y durante unos momentos no respondió. Por último, se acercó al enorme tronco, dió la vuelta a su alrededor y lo examinó con minuciosa atención. Cuando hubo terminado su examen, dijo simplemente:

—Sí, massa: Jup no ha encontrado en su vida árbol al que no pueda trepar.

—Entonces, sube lo más de prisa posible, pues pronto habrá demasiada oscuridad para ver lo que hacemos.

—¿Hasta dónde debo subir, massa?—preguntó Júpiter.

—Sube primero por el tronco, y entonces te diré qué camino debes seguir... ¡Ah, detente ahí! Lleva contigo este escarabajo.

—¡El escarabajo, massa Will, el escarabajo de oro!—gritó el negro, retrocediendo con terror—. ¿Por qué debo llevar ese escarabajo conmigo sobre el árbol? ¡Que me condene si lo hago!

—Si tienes miedo, Jup, tú, un negro grande y fuerte como pareces a tocar un pequeño insecto muerto e inofensivo, puedes llevarle con esta cuerda; pero si no quieres cogerle de ningún modo, me veré en la necesidad de abrirte la cabeza con esta azada.

—¿Qué le pasa ahora massa?—dijo Jup, avergonzado, sin duda, y más complaciente—. Siempre ha de tomarla con su viejo negro. Era sólo una broma y nada más. ¡Tener yo miedo al escarabajo! ¡Pues sí que me preocupa a mí el escarabajo.

Cogió con precaución la punta de la cuerda, y, manteniendo al insecto tan lejos de su persona como las circunstancias lo permitían, se dispuso a subir al árbol.  

16/10/17

Cuentos "EL SOMBRERO MAGICO" - Blas Cubells Villaba

"EL SOMBRERO MAGICO" - Blas Cubells Villaba

EL SOMBRERO MAGICO

-¡Mira papá! He encontrado un trébol de cuatro hojas.

-Déjame ver...¡Sí! de cuatro hojas.

-Eso me dará suerte ¿verdad?.

-Claro hija, eso te dará mucha suerte.

-Entonces... ¿el trébol tiene magia?

-Sí así es.

-Pero papá, si yo no creo en esas cosas.

-Entonces hijita mía no te dará ninguna suerte.

-Pues no entiendo por qué.

-¿De verdad no lo entiendes?

-No, no lo entiendo.

-Bien, entonces te contaré una historia para que lo comprendas; le sucedió a un amigo mío, un amigo muy especial que conocí cuando tenía tu misma edad.

-¿Qué historia es esa papá? Yo la llamo "El sombrero Mágico" ¿Quieres oírla?

-Sí claro que sí ¡cuéntamela!

Cuando yo era niño pasaba todos los veranos en el pueblo de la sierra.

Un día quise pasear yo sólo por el bosque, por un sendero que conocía muy bien, pero sin darme cuenta vino el atardecer, el sol se escondía entre los árboles, el aire era fresco y con ese olor que deja la lluvia reciente, ya se veían las primeras estrellas en el cielo, los pájaros formaban con sus cantos un enorme jolgorio... Y allí estaba, sobre un viejo tronco, con un hermoso sombrero, mi amigo Sintosis. Me acerqué a él despacio, aún no nos conocíamos, y le dije: ¿Quién eres?

-Soy Sintosis, un duende del bosque

Yo pensé que bromeaba pero le dije ¡qué sombrero más bonito tienes!

-¿Te gusta? Es un sombrero mágico, bueno, al menos eso creo, lo heredé
de mi padre pero no estoy tan seguro de que sea mágico.

-¿Y cómo es eso?

-Es una larga historia pero te la voy a contar, ven siéntate conmigo.

En este mismo bosque, hace muchos, pero que muchos años, vivía un viejo duende llamado Estorio. Tenía tres hijos: Tosis, Antosis y Sintosis, osea yo, osea que el viejo duende Estorio era mi padre. Cada uno de los hermanos teníamos nuestro propio carácter, nuestra especial forma de ver las cosas por lo que siempre solíamos pensar de forma diferente. Nuestra madre, llamada Olma, hacía tiempo que ya no estaba con nosotros, pues a todos los duendes nos llega el momento de descansar, de volver a la naturaleza y fundirnos con ella, porque los duendes nunca morimos, estamos hechos de energía y cuando esta energía se gasta con el tiempo, vuelve al lugar de donde surgió, a la Madre Naturaleza, por eso nunca encontrareis un cementerio de duendes.

Aunque echábamos de menos a nuestra madre Olma, vivíamos bastante felices en nuestro enorme árbol, un viejo pero vigoroso abeto, el más confortable hogar para un duende del bosque.

Todos trabajábamos, pues Tosis tenía ya 203 años, Antosis 240 y yo 285, por lo que no éramos duendes-niños, sino más bien duendes-jóvenes, listos y preparados para participar en todas las labores del bosque y ayudar en la comunidad de duendes. No se si lo sabréis pero los duendes siempre estamos muy ocupados; ayudamos a todos los seres del bosque para que crezcan sanos; avisamos a las hormigas de cuando va a llover para que se refugien y cierren el hormiguero; ayudamos a los pájaros a construir sus nidos con pequeñas ramitas; y cuando una cría de conejo o ardilla se pierde en el bosque la llevamos junto a sus padres; también solemos esconder las botas o las gorras de los cazadores para entorpecer su caza, incluso en el último instante les movemos la escopeta o espantamos al animal para que se escape. Cuando llega la primavera, tras un frío invierno donde todo parece dormir, les hacemos cosquillas a las plantas, a los matorrales y a los árboles para que despierten del invierno y estallen en miles de flores multicolores. Especialmente sensibles a nuestras cosquillas son los almendros, por eso son los primeros en mostrar sus blancas flores. Este es, sin duda, el trabajo que más nos gusta a los duendes, aunque a veces es duro, pues hay arbustos muy tacaños que se niegan a florecer y entonces nos toca cantarles y bailarles, algo a lo que no se resisten, cada sonrisa es como una flor.

Como puedes ver éramos una familia feliz, todo lo feliz que puede ser un duende. Sólo una cosa parecía preocupar a nuestro padre Estorio, por las noches junto al fuego se pasaba horas y horas observando con preocupación su sombrero mágico, el sombrero Vortud, el sombrero que conduce a su dueño por el camino del bien y la felicidad. Este sombrero lo recibió como regalo de un misterioso mago al cual ayudó varias veces, mucho tiempo atrás. No recuerdo muy bien su nombre...

¡Ah sí! El mago Mestron. Debió quedar muy contento con la ayuda que nuestro padre le prestó, para regalarle nada menos que ¡un sombrero mágico! El sombrero Vortud que ayuda a llevar una vida digna y llena de alegrías. Pero antes de entregarlo a mi padre el mago le puso una condición, que el sombrero debía pasar de padres a hijos. Sin embargo nada dijo para los casos en que el hijo no es uno... ¡sino tres! Así pues la felicidad de nuestro padre Estorio estaba empañada por esta preocupación ¿a quien de sus tres hijos dejaría el sombrero mágico Vortud?

Mi padre nos quería mucho a los tres, cada uno de nosotros éramos muy diferentes, pero para él cualquiera de nosotros merecía recibir el sombrero Vortud. Para elegir a uno, ser justo y no equivocarse decidió observarnos muy bien, con mucha atención, tenía que resolver el problema pronto, pues la hora de fundir su energía con la energía de la naturaleza estaba muy cerca. Al igual que sucedió con su querida Olma, su esposa, él también merecía descansar y dormir, por muchos años, mecido por el viento y acariciado por los rayos del sol.

Estorio, mi padre, en sus observaciones, vio que Tosis era un soñador, un fantasioso que creaba a su alrededor mundos inexistentes, que otorgaba a las cosas cualidades que no tienen, bueno... a veces sí acertaba y eso le daba ánimos para seguir soñando. Antosis sin embargo, era más práctico, sólo veía aquello que, evidentemente, se ofrecía a sus ojos, no otorgaba cualidades a las cosas a menos que se le enseñara a verlas, y se divertía mucho contradiciendo a Tosis en cada una de sus nuevas ideas. Esos sí, cuando no podía fruncía el ceño diciéndose a si mismo ¡no lo entiendo, no lo entiendo! Por otra parte, yo, Sintosis, no me parecía en nada a mis hermanos, ni otorgaba ni dejaba de otorgar cualidades a las cosas, pero tenía la habilidad de poner paz entre las disputas de Tosis y Antosis. Cuando veía que uno tenía razón se la daba y el otro la aceptaba, estábamos los tres muy unidos, juntos aprendíamos muchas cosas nuevas sobre la vida en el bosque. Nos queríamos como buenos amigos y, claro está, como buenos hermanos.

Así pues mi padre no encontraba una razón, un buen motivo que le hiciera elegir a uno u otro. Pero no se rindió, pensó y pensó y siguió pensando durante más de tres meses, ya sabes que para los duendes el tiempo no corre tan deprisa como para vosotros. Y finalmente tuvo una brillante idea, por lo que convocó a toda la comunidad de duendes del bosque para que escucharan la decisión que tomaba sobre el sombrero mágico Vortud.

Todos se reunieron en el claro principal del bosque, donde solemos tener nuestras reuniones y celebrar las fiestas. Cuando acudimos nos quedamos sorprendidos al ver, sobre un viejo árbol, tres sombreros idénticos ¡iguales que

Vortud! Mi padre estaba sentado al lado de ellos, nos miraba y sonreía feliz.

Cuando toda la comunidad estuvimos reunidos, incluido algún que otro pajarillo, conejo, o ardilla curiosa, Estorio se alzo sobre el tronco y dijo con voz grave pero divertida: "Todos sabéis que pronto os dejaré para dormir y descansar, en los brazos de nuestra Madre Naturaleza, y todos conocéis el regalo que el mago Mestron me hizo, el sombrero mágico Vortud que confiere al que lo posee una vida digna y feliz, el cual tengo que entregar en herencia a uno de mis hijos. Si os preguntara cuál de mis hijos es merecedor, por su comportamiento y buenos sentimientos, de poseerlo, tendríais el mismo dilema que he tenido yo durante varios años, pues los tres son buenos hijos, los tres son trabajadores, los tres son respetuosos y generosos de verdad. Durante algún tiempo estuve disgustado y contrariado por esta carga, pero... ¿cómo puedo estarlo? La vida me dio tres bendiciones, tres hijos de los que sentirme orgulloso, debo pues estar agradecido y agradecido estoy de corazón... Mis tres hijos tendrán cada uno su sombrero mágico Vortud."

Se oyó un murmullo a su alrededor. ¿Cómo puede ser que ahora tenga tres sombreros mágicos? ¿De dónde habrá sacado los otros dos? Y cosas así nos decíamos unos a otros. Los tres hermanos nos mirábamos los unos a los otros entre incrédulos y divertidos, no ambicionábamos el sombrero, y lo que padre decidiera bien estaría.

Mi padre alzó las manos en señal de silencio, todos enmudecieron, y entonces dijo: "No, no existen tres sombreros mágicos, solo hay un Vortud que como todos sabéis, otorga, o mejor dicho, ayuda e inspira para que su dueño sepa ser agradecido de verdad; para que sea responsable de todos sus actos; sencillo en su forma de vivir; comprensivo con todos; generoso, humilde y honesto, y así poder llevar una vida dichosa y feliz. Por lo tanto dos de estos sombreros no son mágicos pero los tres son idénticos, tan parecidos que ni yo mismo sabría distinguirlos. Hijos míos, coged cada uno un sombrero y guardadlo como si fuera el auténtico, pues podría serlo, y tratad de llevar la vida que Vortud inspira, al cabo de los años sabréis quién tiene el verdadero sombrero. Será aquel que consiga llevar una vida digna y feliz."

Y cuando mi padre hubo terminado de decir esto, se despidió de todos con una sonrisa amable y se internó en el bosque. Ahora estaba tranquilo, por fin podría dormir el gran sueño y tener su merecido descanso.

Los años pasaron desde aquel día, pasaron los siglos también y cada uno de nosotros, los tres hermanos, formamos nuestra propia familia, y cada uno de nosotros pensamos, estamos convencidos de que somos los poseedores de Vortud. Tanto esfuerzo pusimos en llevar una vida digna y feliz que aún no sabemos quién fue el afortunado, y creo... creo que nunca lo sabremos.

Blas Cubells Villaba

13/10/17

Cuentos: "UN GATO COMO CUALQUIERA" - Graciela Montes


UN GATO COMO CUALQUIERA

Había una vez un gato de ojos verdes, pelo gris y cola larga. E modo que era un gato parecido a muchos otros gatos. Pero, eso sí, era un gato de bolsillo. Del bolsillo de Aníbal Gobi, guarda de tren del ferrocarril Mitre.

Mientras Aníbal Gobi picaba los boletos con su máquina picadora el gato apenas espiaba desde el borde del bolsillo de su chaqueta marrón.

El gato de Bolsillo no se acordaba de nada que no fuese el bolsillo de Aníbal Gobi. Tal vez había nacido en el Galpón de la Esquina, o en la Casa de al Lado, o en el Jardín de Atrás. Pero lo cierto es que hacía mucho, muchísimo tiempo que vivía en el bolsillo.

Al Gato de Bolsillo, el bolsillo le parecía mucho más lindo que el resto de los lugares del Mundo Grande. El bolsillo era tibio, blando, suave, oscuro, tenía pelusas que hacían cosquillas y era muy fácil acurrucarse en el fondo. El Mundo Grande, en cambio, era frío y caliente, duro y líquido, áspero y liso, negro y brillante; tenía zapatos, ramas, relojes, caras, ruedas y Gatos Peligrosos. Era muy difícil acurrucarse en el Mundo Grande.

Eso, al menos, era lo que pensaba el Gato de Bolsillo hasta las cuatro y cinco de la tarde del segundo jueves del mes de octubre, porque a las cuatro y diez de la tarde del segundo jueves del mes de octubre, mientras estaba asomado al borde del bolsillo, observando tranquilamente cómo Aníbal Gobi le picaba el boleto a una señora colorada, el gato vio algo nuevo, algo nunca visto en el Mundo Grande: un ratón de cola de piolín y ojos brillantes, un Ratón cualquiera, que miraba pasar el tren desde atrás de un poste de la estación Belgrano R.

El Gato de Bolsillo vio al Ratón Cualquiera y enseguida notó que ya era hora de salir del bolsillo de Aníbal Gobi. En el bolsillo de Aníbal Gobi jamás había habido ratones de ojos brillantes y cola de piolín.

El Gato de Bolsillo saltó y apoyó sus patas acolchadas en el piso del tren. Volvió a saltar y cayó en el piso del tren. Volvió a saltar y cayó en el piso de la estación. El Ratón Cualquiera lo vio, dio media vuelta y empezó a correr por la calle Zapiola, con el Gato de Bolsillo atrás, corriendo y corriendo, corriendo como no había corrido nunca.

Como el Ratón Cualquiera estaba mucho más acostumbrado al Mundo Grande que el Gato de Bolsillo, ganó la carrera y encontró un agujerito donde meterse antes de que el Gato de Bolsillo pudiese sujetarle la cola con la pata.

Entonces el Gato de Bolsillo supo que estaba solo en el Mundo Grande, sin pelusas y lleno de Gatos Peligrosos.

El Gato de Bolsillo les tenía muchísimo miedo a los Gatos Peligrosos. Aníbal Gobi siempre le hablaba de ellos mientras le rascaba las orejas; le había contado que tenían garras afiladas, maullidos malévolos y el cuerpo lleno de horribles cicatrices. El Gato de Bolsillo, en cambio, tenía las uñas cortas porque Aníbal Gobi se las cortaba puntualmente todos los lunes a la noche; maullaba bajito y sólo cuando tenía hambre, y tenía un pelaje liso, entero y sin marcas.

Pensando en los Gatos Peligrosos, el Gato de Bolsillo se acurrucó detrás de una bolsa de basura. Mientras oía el ruido de los autos y seguía con los ojos los zapatos que iban y venían por la calle, gemía en voz baja: extrañaba muchísimo al bolsillo.

Los zapatos se fueron yendo poco a poco y, poco a poco también, se vino la Verdadera Noche. Y fue entonces que aparecieron uno a uno, uno tras otro, los Gatos Peligrosos.

Los Gatos Peligrosos eran silenciosos como todos los gatos. A veces era rapidísimos y otras veces muy lentos, como todos los gatos. Y, como todos los gatos, tenían bigotes largos, ojos verdes y amarillos y cola larga.

Pero eran peligrosos. El Gato de Bolsillo enseguida notó que eran peligrosos.

Porque arqueaban el lomo.

Porque maullaban hacia el cielo mostrando las gargantas.

Porque abrían la pata y mostraban las uñas, larguísimas y afiladas.

Cinco Gatos Peligrosos se acercaron al Gato de Bolsillo y los cinco arquearon el lomo, maullaron hacia el cielo y mostraron las uñas. El Gato de Bolsillo los miró con sus ojos verdes y vio que también ellos tenían verdes los ojos.

Entonces pasaron cosas importantes: el Gato de Bolsillo arqueó el lomo; después maulló hacia el cielo y los Gatos Peligrosos le vieron la garganta; después abrió la pata y mostró las uñas, que no eran largas ni tan afiladas, pero que ya le estaban creciendo.

Entonces pasó otra cosa importante: un Ratón Cualquiera. Y los seis gatos - Un Gato de Bolsillo y los cinco Gatos Peligrosos - echaron a correr. Todos persiguieron, todos saltaron tapias, todos esquivaron árboles y se escabulleron debajo de los autos estacionados.

Y pasaron más cosas esa noche. El Gato de Bolsillo se peleó con un Gato Peligroso, pegó un salto muy alto, corrió una carrera, escarbó la tierra, encontró un poco de leche en el fondo de una bolsa de basura y se afiló las uñas en una pared de piedra.

Y cuando ya empezaba a clarear los seis gatos - un Gato de Bolsillo y cinco Gatos Peligrosos - se fueron al Baldío de Enfrente y encontraron un rincón oscuro, tibio y suave arriba de un montón de trapos viejos. Y se enroscaron a dormir todos juntos.

Entonces el Gato de Bolsillo supo que en el Mundo Grande no sólo había ratones de ojos brillantes y cola de piolín,; también había bolsillos llenos de pelusa.

Graciela Montes

8/10/17

Cuento: "El Asesino" - Stephen King [8-10-17]

Cuento: "El Asesino" -  Stephen King

El Asesino

Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quien era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni que había estado haciendo. No podía recordar nada.

La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.

Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.

Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fabrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.

"¿Quién Soy?" - le dijo pausadamente, indeciso.

El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.

"¿Quién soy? ¿Quién soy?" - gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.

Agito el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.

El recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.

Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. "¿Quién soy?" - le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.

Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.

Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer, pulsó un botón rojo en la pared.

Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.

"¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!" - bramaron los altavoces.

Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.

Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.

La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado. Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.

Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!

Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revolver.

Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. "¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quien soy!"

Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro...

Les observaron como cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. "Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando," dijo el guarda.

"No lo entiendo," dijo el segundo, rascándose la cabeza. "Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era. Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien."

Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.

Stephen King

23/5/17

Cuentos. "SUEÑO DE FLAUTAS" - HERMANN HESSE [23-5-17]

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SUEÑO DE FLAUTAS
HERMANN HESSE

«Toma esto», dijo mi padre, y me alcanzó una pequeña flauta de hueso, «tómala y no olvides a tu anciano padre cuando alegres a la gente con tu música en países lejanos. Es tiempo de que veas el mundo y aprendas algo. He mandado hacer esta flauta, porque no te gusta ninguna otra tarea, excepto cantar. Piensa también que debes tocar siempre canciones bonitas y amables, de lo contrario sería malgastar el don que Dios te ha concedido. »

Mi querido padre entendía poco de música, era un erudito. Él pensaba que yo no tenía más que soplar en la linda flauta para que todo anduviera bien. Como no lo quería despojar de su creencia, le agradecí, guardé la flauta y procedí a despedirme.

Nuestro valle me era conocido hasta el gran molino del caserío; detrás comenzaba el mundo, y debo admitir que me gustó mucho. Una abeja fatigada de volar se había posado sobre mi manga, y la llevé conmigo para tener, en mi primer descanso, un mensajero que llevara enseguida mis saludos a la patria que dejaba atrás.

Bosques y praderas acompañaban mi camino, y muy lozano también el río me acompañaba. Descubrí que el mundo se diferenciaba poco de mi patria. Los árboles y flores, las espigas de trigo y los avellanos me hablaban; yo cantaba sus canciones con ellos, y ellos me comprendían, como en casa. De pronto mi abeja despertó, se arrastró despaciosamente hasta mi hombro, levantó el vuelo y giró dos veces en torno a mí con su zumbido dulce y profundo; luego se orientó rectamente hacia atrás, hacia el hogar.

En eso surgió del bosque una muchacha joven, que llevaba un cesto en el brazo y un sombrero de paja de ala ancha que dejaba en sombras la rubia cabeza.

«Dios te guarde», le dije, «¿adónde vas?»

«Debo llevar la comida a los segadores», dijo. Y se puso a caminar a mi lado. «¿Y tú, dónde quieres ir?»

«Voy a conocer el mundo, mi padre me ha enviado. Él cree que yo debo tocar mi flauta en público, ante la gente, pero yo no sé hacerlo bien todavía, antes debo aprender mucho.»

«Bueno, bueno. ¿Y qué sabes hacer en realidad? Porque algo debes saber.»

«Nada en especial. Puedo cantar canciones.»

«¿Qué clase de canciones?»

«De todo tipo ¿sabes? A la mañana y a la noche, ¿a los árboles, a las bestias, a las flores. Ahora, por ejemplo, podría cantar una canción bonita acerca de una muchacha joven que sale del bosque para llevar la comida a los segadores.»

«¿Puedes hacerlo? ¡Cántala entonces!»

«Lo haré, pero, ¿cómo te llamas?»

«Brigitte.»

Entonces entoné la canción de la linda Brigitte con el sombrero de paja, y lo que llevaba en el cesto, y de cómo las flores la miraban cuando pasaba y los vientos azules la seguían a lo largo del cerco del jardín, y todo lo relacionado con ello. Atendió seriamente a la canción, y me dijo que era buena. Y cuando le comenté que estaba hambriento, levantó la tapa del cesto y extrajo un pedazo de pan. Mientras yo le echaba el diente con ahinco, al tiempo que continuaba ágilmente la marcha, ella me dijo: «No se debe comer a la carrera. Una cosa después de la otra». Entonces nos sentamos sobre la hierba, yo comí mi pan y ella se abrazó las rodillas con sus manos bronceadas y me miró.

«¿Quieres volver a cantarme alguna otra cosa?». preguntó cuando dejé de comer.

«Con gusto. ¿Qué quieres que cante?»

«Algo acerca de una chica que está triste porque ha sido abandonada por su novio.»

«No, no puedo. No conozco eso, y tampoco debe uno estar triste. Mi padre dijo que debo cantar siempre canciones graciosas y amables. Te cantaré algo acerca del cuclillo o de la mariposa.»

«Y de amor, ¿no sabes ninguna?» preguntó luego.

«¿De amor? Oh sí, eso es lo más lindo de todo.»

Enseguida empecé una canción acerca de cómo el rayo de sol está enamorado de las rojas amapolas y juega con ellas lleno de alegría. Y de la hembra del pinzón, cuando aguarda al pinzón y al llegar éste vuela como si estuviera asustada. Y seguí cantando acerca de la muchacha de ojos pardos y del joven que llega y canta y recibe un pan de regalo; pero ahora no quiere más pan, quiere un beso de la doncella y quiere ver dentro de sus ojos pardos, y canta y canta hasta que ella empieza a sonreír y le cierra la boca con sus labios.

Entonces Brigitte se inclinó y cerró mi boca con sus labios; luego cerró los ojos y los volvió a abrir. Y yo miré las estrellas cercanas de un dorado oscuro y en ellas estábamos reflejados yo mismo y un par de blancas flores del prado.

«El mundo es muy hermoso», dije, «mi padre tenía razón. Pero ahora te ayudaré a llevar estas cosas hasta donde está esa gente.»

Tomé su cesto y proseguimos el camino. Su paso sonaba con el mío y su alegría coincidía con la mía, y el bosque hablaba delicado y fresco desde la montaña. Yo nunca había caminado tan contento. Durante un largo rato canté con fuerza, hasta que tuve que cesar de puro exceso; era demasiado todo lo que susurraba y hablaba desde el valle y la montaña, desde la hierba y el follaje, desde el río y los matorrales.

Entonces pensé: si pudiera comprender y cantar al mismo tiempo las mil canciones del universo, del pasto y las flores, de los hombres y las nubes, de la floresta y el bosque de pinares, y también de los animales. Y asimismo todas las canciones de los mares lejanos y las montañas, de las estrellas y la luna; y si todo eso pudiera simultáneamente resonar en mi interior y ser cantado, entonces yo sería como el buen Dios y cada canción debería ser como una estrella en el cielo.

Pero mientras yo pensaba de este modo, lo cual me había dejado silencioso y maravillado, pues antes jamás se me habían ocurrido cosas así, Brigitte se detuvo y sujetó firmemente el asa del cesto.

«Ahora debo subir», dijo. «Allá arriba está nuestra gente. ¿Y tú, a dónde vas? ¿Por qué no vienes conmigo?»

«No, no puedo ir contigo. Tengo que ver el mundo. Muchas gracias por el pan, Brigitte, y por el beso. Pensaré en ti.»

Ella tomó su cesto con la comida; y otra vez sus ojos de sombras pardas se inclinaron sobre mí, y sus labios se adhirieron a los míos. Su beso fue tan bueno y dulce, que casi me puse triste de pura felicidad. Entonces le dije adiós y marché presuroso carretera abajo.

La muchacha subió lentamente por la montaña; se detuvo bajo el follaje que caía al borde del bosque, y miró hacia abajo donde yo estaba. Y cuando le hice señas y, agité el sombrero sobre mi cabeza, inclinó ella la suya una vez más y desapareció en silencio, como una imagen, entre la sombra de las hayas.

Yo, por mi parte, continué tranquilo el camino sumido en mis pensamientos, hasta que el sendero dio la vuelta en un recodo.

Allí había un molino, y junto al molino se hallaba una barca en el agua. Un hombre sentado en la barca parecía estar esperándome; en efecto, cuando me saqué el sombrero y subí a bordo, la barca comenzó a navegar enseguida río abajo. Me senté en la mitad de la embarcación, y el hombre atrás, al timón. Y cuando le pregunté a dónde íbamos, levantó la vista y me miró con ojos grises y velados.

«Donde quieras», dijo con voz apagada. «Río abajo hacia el mar o a las grandes ciudades, la elección es tuya. Todo me pertenece.»

«¿Todo te pertenece? ¿Entonces eres el rey?»

Quizá dijo él. «Y tú eres un poeta, según creo. ¡Cántame entonces una canción de viaje!»

Me infundía temor ese hombre serio y sombrío, y además nuestra barca navegaba tan rápido y sin ruido río abajo, que saqué fuerzas de flaqueza y canté acerca del río que lleva las naves y en el que se refleja el sol; el río, que es más ruidoso en contacto con las orillas rocosas y termina alegremente su peregrinaje.

El semblante de aquel hombre permanecía impasible; cuando finalicé, asintió silenciosamente, como uno que sueña. Y enseguida, ante mi asombro, él mismo comenzó a cantar. Y también cantó acerca del río y del viaje del río por los valles, y su canción era más bella y vigorosa que la mía, pero todo sonaba muy distinto.

El río, tal como él lo cantaba, bajaba como un ser destructor dando tumbos desde las montañas, hosco y salvaje, rechinando los dientes al sentirse refrenado por los molinos y presionando por los puentes; odiaba a todos los barcos que debía sostener; y bajo sus olas, y entre largas y verdes plantas acuáticas, mecía sonriente los blancos cuerpos de los ahogados.

Nada de esto me gustaba; pero su tono era tan hermoso y enigmático que quedé completamente confundido, y angustiado callé. Si lo que aquel cantor viejo, sutil e inteligente cantaba con su voz sofocada era cierto, entonces todas mis canciones habían sido nada más que tontería, torpes juegos infantiles. Entonces el mundo no era básicamente bueno y lleno de luz, como el corazón de Dios, sino opaco y sufriente, malo y sombrío; los bosques no susurraban de placer, susurraban de dolor.

Seguimos navegando. Las sombras se hicieron más largas, y cada vez que yo comenzaba a cantar mi voz sonaba menos clara, e iba apagándose. Y cada vez el extrafío cantor respondía con una canción que hacía al mundo más y más incomprensible y doloroso, y a mí me dejaba más y más desconcertado y triste.

Me dolía el alma, y sentía no haberme quedado en tierra junto a las flores o al lado de la bella Brigitte; para consolarme, empecé a cantar en la oscuridad creciente, con voz fuerte a través del rojo resplandor del anochecer, la canción de Brigitte y de sus besos.

Entonces se inició el ocaso y enmudecí. El hombre al timón cantó, y también él cantó del amor y del placer del amor, de ojos oscuros y ojos azules, de labios rojos y húmedos, y era hermoso y conmovedor lo que cantaba Reno de pena a medida que oscurecía sobre el río. Pero en su canción el amor era también lúgubre y temible, y se había convertido en un secreto mortal, dentro del cual los hombres, extraviados y dolidos, tanteaban entre penurias y anhelos, y se torturaban y mataban los unos a los otros.

Yo escuchaba y quedé muy fatigado y entristecido, como si hubiera estado viajando durante años a través de la mayor miseria y aflicción. Sentía que del desconocido emanaba y se deslizaba en mi corazón una permanente, silenciosa, fría corriente de pena y mortal angustia.

«Así que la vida no es lo más elevado y hermoso», dije finalmente con amargura, «sino la muerte. Entonces te ruego, olí triste monarca, que cantes una canción a la muerte.»

El hombre al timón cantó de la muerte, y cantó más bellamente que antes. Pero tampoco era la muerte lo más hermoso y alto, tampoco en ella había consuelo. La muerte era vida, y la vida muerte, y estaban enzarzadas entre sí en un furioso combate de amor, y esto era lo último y el sentido del mundo, y de allí se desprendía un resplandor que podía, a pesar de todo, alabar toda miseria, pero también una sombra que enturbiaba todo placer y belleza rodeándolos de tiniebla. Pero desde esa tiniebla ardía el placer más bella e íntimamente, y el amor ardía más profundo en medio de esa noche.

Yo escuchaba y me había quedado totalmente en silencio; no existía en mí otra voluntad que la del extranjero. Su mirada descansó sobre mí, callada y con una cierta bondad melancólica, y sus ojos grises estaban cargados del dolor y la belleza del mundo. Me sonrió, y entonces cobré ánimos y le rogué en mi necesidad: «¡Ah, retorna, por favor! Tengo miedo aquí en la noche, quisiera volver a la casa de mi padre, o volver para encontrar a Brigitte.»

El hombre se levantó y señaló la noche; el farol resplandeció claramente sobre su rostro enjuto e imperturbable. «Ningún camino va hacia atrás», dijo seria y amablemente, «hay que proseguir siempre hacia delante, si se quiere conocer el mundo. Y de la muchacha de los ojos oscuros ya has tenido lo mejor y más hermoso, y cuanto más te alejes de ella, tanto más hermoso y mejor será. Pero marcha hacia donde quieras; te daré mi lugar al timón.»

Yo me hallaba tremendamente entristecido, pero sabía que él tenía razón. Lleno de nostalgia pensé en Brigitte y en mi país y en todo lo que había sido hasta entonces cercano, luminoso y mío, y en todo lo que había perdido. Pero en ese momento iba a tomar el sitio del extraño y conducir el timón. Así debía ser.

Me levanté en silencio y me dirigí a través de la barca al asiento del timonel; el hombre se acercó a mí también en silencio, y cuando estuvimos el uno frente al otro me miró fijamente a la cara y me dio su farol.

Pero cuando me senté al timón y hube afianzado el farol junto a mí, me encontré solo en la barca; advertí con un profundo estremecimiento que el hombre había desaparecido. Sin embargo, no me sentía asustado, lo había presentido. Me parecía que el hermoso día de viaje, Brigitte, mi padre y la patria habían sido sólo un sueño, y que yo era un viejo apenado y que siempre había viajado a través de aquel río nocturno.

Comprendí que no debía llamar a ese hombre, y el reconocimiento de la verdad se desplomó sobre mí como una helada.

Para saber lo que ya presentía, me incliné sobre el agua y alcé el farol, y desde la negra superficie me miró un rostro penetrante y serio con ojos grises, un rostro viejo y sabio. Era el mío.

Y como ningún camino lleva hacia atrás, continué el viaje por las aguas oscuras a través de la noche.

20/5/17

Cuentos: "El jorobadito" - ROBERTO ARLT [20-5-17]

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El jorobadito
ROBERTO ARLT

Los diversos y exagerados rumores desparramados con motivo de la conducta que observé en compañía de Rigoletto, el jorobadito, en la casa de la señora X, apartaron en su tiempo a mucha gente de mi lado.

Sin embargo, mis singularidades no me acarrearon mayores desventuras, de no perfeccionarlas estrangulando a Rigoletto.

Retorcerle el pescuezo al jorobadito ha sido de mi parte un acto más ruinoso e imprudente para mis intereses, que atentar contra la existencia de un benefactor de la humanidad.

Se ha echado sobre mí la policía, los jueces y los periódicos. Y ésta es la hora en que aún me pregunto (considerando los rigores de la justicia) si Rigoletto no estaba llamado a ser un capitán de hombres, un genio, o un filántropo. De otra forma no se explican las crueldades de la ley para vengar los fueros de un insigne piojoso, al cual, para pagarle de su insolencia, resultaran insuficientes todos los puntapiés que pudieran suministrarle en el trasero, una brigada de personas bien nacidas.

No se me oculta que sucesos peores ocurren sobre el planeta, pero ésta no es una razón para que yo deje de mirar con angustia las leprosas paredes del calabozo donde estoy alojado a espera de un destino peor.

Pero estaba escrito que de un deforme debían provenirme tantas dificultades.

Recuerdo (y esto a vía de información para los aficionados a la teosofía y la metafísica) que desde mi tierna infancia me llamaron la atención los contrahechos. Los odiaba al tiempo que me atraían, como detesto y me llama la profundidad abierta bajo la balconada de un noveno piso, a cuyo barandal me he aproximado más de una vez con el corazón temblando de cautela y delicioso pavor. Y así como frente al vacío no puedo sustraerme al terror de imaginarme cayendo en el aire con el estómago contraído en la asfixia del desmoronamiento, en presencia de un deforme no puedo escapar al nauseoso pensamiento de imaginarme corcoveado, grotesco, espantoso, abandonado de todos, hospedado en una perrera, perseguido por traíllas de chicos feroces que me clavarían agujas en la giba...

Es terrible..., sin contar que todos los contrahechos son seres perversos, endemoniados, protervos..., de manera que al estrangularlo a Rigoletto me creo con derecho a afirmar que le hice un inmenso favor a la sociedad, pues he librado a todos los corazones sensibles como el mío de un espectáculo pavoroso y repugnante. Sin añadir que el jorobadito era un hombre cruel. Tan cruel que yo me veía obligado a decirle todos los días:

–Mirá, Rigoletto, no seas perverso. Prefiero cualquier cosa a verte pegándole con un látigo a una inocente cerda. ¿Qué te ha hecho la marrana? Nada. ¿No es cierto que no te ha hecho nada?...

–¿Qué se le importa?

–No te ha hecho nada, y vos contumaz, obstinado, cruel, desfogas tus furores en la pobre bestia...

–Como me embrome mucho la voy a rociar de petróleo a la chancha y luego le prendo fuego.

Después de pronunciar estas palabras, el jorobadito descargaba latigazos en el crinudo lomo de la bestia, rechinando los dientes como un demonio de teatro. Y yo le decía:

–Te voy a retorcer el pescuezo, Rigoletto. Escuchá mis paternales advertencias, Rigoletto. Te conviene...

Predicar en el desierto hubiera sido más eficaz. Se regocijaba en contravenir mis órdenes y en poner en todo momento en evidencia su temperamento sardónico y feroz. Inútil era que prometiera zurrarle la badana o hacerle salir la joroba por el pecho de un mal golpe. El continuaba observando una conducta impura.

Volviendo a mi actual situación diré que si hay algo que me reprocho, es haber recaído en la ingenuidad de conversar semejantes minucias a los periodistas.

Creía que las interpretarían, más heme aquí ahora abocado a mi reputación menoscabada, pues esa gentuza lo que menos ha escrito es que soy un demente, afirmando con toda seriedad que bajo la trabazón de mis actos se descubren las características de un cínico perverso.

Ciertamente, que mi actitud en la casa de la señora X, en compañía del jorobadito, no ha sido la de un miembro inscripto en el almanaque de Gotha. No. Al menos no podría afirmarlo bajo mi palabra de honor.

Pero de este extremo al otro, en el que me colocan mis irreductibles enemigos, media una igual distancia de mentira e incomprensión. Mis detractores aseguran que soy un canalla monstruoso, basando esta afirmación en mi jovialidad al comentar ciertos actos en los que he intervenido, como si la jovialidad no fuera precisamente la prueba de cuán excelentes son las condiciones de mi carácter y qué comprensivo y tierno al fin y al cabo.

Por otra parte, si hubiera que tamizar mis actos, ese tamiz a emplearse debería llamarse Sufrimiento. Soy un hombre que ha padecido mucho. No negaré que dichos padecimientos han encontrado su origen en mi exceso de sensibilidad, tan agudizada que cuando me encontraba frente a alguien he creído percibir hasta el matiz del color que tenían sus pensamientos, y lo más grave es que no me he equivocado nunca. Por el alma del hombre he visto pasar el rojo del odio y el verde del amor, como a través de la cresta de una nube los rayos de luna más o menos empalidecidos por el espesor distinto de la masa acuosa. Y personas hubo que me han dicho:

–¿Recuerda cuando usted, hace tres años, me dijo que yo pensaba en tal cosa? No se equivocaba.–He caminado así, entre hombres y mujeres, percibiendo los furores que encrespaban sus instintos y los deseos que envaraban sus intenciones, sorprendiendo siempre en las laterales luces de la pupila, en el temblor de los vértices de los labios y en el erizamiento casi invisible de la piel de los párpados, lo que anhelaban, retenían o sufrían. Y jamás estuve más solo que entonces, que cuando ellos y ellas eran transparentes para mí.

De este modo, involuntariamente, fui descubriendo todo el sedimento de bajeza humana que encubren los actos aparentemente más leves, y hombres que eran buenos y perfectos para sus prójimos, fueron, para mí, lo que Cristo llamó sepulcros encalados. Lentamente se agrió mi natural bondad convirtiéndome en un sujeto taciturno e irónico. Pero me voy apartando, precisamente, de aquello a lo cual quiero aproximarme y es la relación del origen de mis desgracias. Mis dificultades nacen de haber conducido a la casa de la señora X al infame corcovado.

En la casa de la señora X yo "hacía el novio" de una de las niñas. Es curioso. Fui atraído, insensiblemente, a la intimidad de esa familia por una hábil conducta de la señora X, que procedió con un determinado exquisito tacto y que consiste en negarnos un vaso de agua para poner a nuestro alcance, y como quien no quiere, un frasco de alcohol. Imagínense ustedes lo que ocurriría con un sediento. Oponiéndose en palabras a mis deseos. Incluso, hay testigos. Digo esto para descargo de mi conciencia. Más aún, en circunstancias en que nuestras relaciones hacían prever una ruptura, yo anticipé seguridades que escandalizaron a los amigos de la casa. Y es curioso. Hay muchas madres que adoptan este temperamento, en la relación que sus hijas tienen con los novios, de manera que el incauto –si en un incauto puede admitirse un minuto de lucidez– observa con terror que ha llevado las cosas mucho más lejos de lo que permitía la conveniencia social.

Y ahora volvamos al jorobadito para deslindar responsabilidades. La primera vez que se presentó a visitarme en mi casa, lo hizo en casi completo estado de ebriedad, faltándole el respeto a una vieja criada que salió a recibirlo y gritando a voz en cuello de manera que hasta los viandantes que pasaban por la calle podían escucharle:

–¿Y dónde está la banda de música con que debían festejar mi hermosa presencia? Y los esclavos que tienen que ungirme de aceite, ¿dónde se han metido? En lugar de recibirme jovencitos con orinales, me atiende una vieja desdentada y hedionda. ¿Y ésta es la casa en la cual usted vive?–Y observando las puertas recién pintadas, exclamó enfáticamente:–¡Pero esto no parece una casa de familia sino una ferretería! Es simplemente asqueroso. ¿Cómo no han tenido la precaución de perfumar la casa con esencia de nardo, sabiendo que iba a venir? ¿No se dan cuenta de la pestilencia de aguarrás que hay aquí?

¿Reparan ustedes en la catadura del insolente que se había posesionado de mi vida?

Lo cual es grave, señores, muy grave.

Estudiando el asunto recuerdo que conocí al contrahecho en un café; lo recuerdo perfectamente. Estaba yo sentado frente a una mesa, meditando, con la nariz metida en mi taza de café, cuando, al levantar la vista distinguí a un jorobadito que con los pies a dos cuartas del suelo y en mangas de camisa, observábame con toda atención, sentado del modo más indecoroso del mundo, pues había puesto la silla al revés y apoyaba sus brazos en el respaldo de ésta.

Como hacía calor se había quitado el saco, y así descaradamente en cuerpo de camisa, giraba sus renegridos ojos saltones sobre los jugadores de billar. Era tan bajo que apenas si sus hombros se ponían a nivel con la tabla de la mesa. Y, como les contaba, alternaba la operación de contemplar la concurrencia, con la no menos importante de examinar su reloj pulsera, cual si la hora que éste marcara le importara mucho más que la señalada en el gigantesco reloj colgado de un muro del establecimiento.

Pero, lo que causaba en él un efecto extraño, además de la consabida corcova, era la cabeza cuadrada y la cara larga y redonda, de modo que por el cráneo parecía un mulo y por el semblante un caballo.

Me quedé un instante contemplando al jorobadito con la curiosidad de quien mira un sapo que ha brotado frente a él; y éste, sin ofenderse, me dijo:

–Caballero, ¿será tan amable usted que me permita sus fósforos?

Sonriendo, le alcancé mi caja; el contrahecho encendió su cigarro medio consumido y después de observarme largamente, dijo:

–¡Qué buen mozo es usted! Seguramente que no deben faltarle novias.

La lisonja halaga siempre aunque salga de la boca de un jorobado, y muy amablemente le contesté que sí, que tenía una muy hermosa novia, aunque no estaba muy seguro de ser querido por ella, a lo cual el desconocido, a quien bauticé en mi fuero interno con el nombre de Rigoletto, me contestó después de escuchar con sentenciosa atención mis palabras:

–No sé por qué se me ocurre que usted es de la estofa con que se fabrican excelentes cornudos.–Y antes que tuviera tiempo de sobreponerme a la estupefacción que me produjo su extraordinaria insolencia, el cacaseno continuó:–Pues yo nunca he tenido novia, créalo, caballero... le digo la verdad...

–No lo dudo– repliqué sonriendo ofensivamente–, no lo dudo...

–De lo que me alegro, caballero, porque no me agradaría tener un incidente con usted...

Mientras él hablaba yo vacilaba si levantarme y darle un puntapié en la cabeza o tirarle a la cara el contenido de mi pocillo de café, pero recapacitándolo me dije que de promoverse un altercado allí, el que llevaría todas las de perder era yo, y cuando me disponía a marcharme contra mi voluntad porque aquel sapo humano me atraía con la inmensidad de su desparpajo, él, obsequiándome con la más graciosa sonrisa de su repertorio que dejaba al descubierto su amarilla dentadura de jumento, dijo:

–Este reloj pulsera me cuesta veinticinco pesos...; esta corbata es inarrugable y me cuesta ocho pesos...; ¿ve estos botines?, treinta y dos pesos, caballero. ¿Puede alguien decir que soy un pelafustán? ¡No, señor! ¿No es cierto?

–¡Claro que sí!

Guiñó arduamente los ojos durante un minuto, luego moviendo la cabeza como un osezno alegre, prosiguió interrogador y afirmativo simultáneamente:

–Qué agradable es poder confesar sus intimidades en público, ¿no le parece, caballero? ¿Hay muchos en mi lugar que pueden sentarse impunemente a la mesa de un café y entablar una amable conversación con un desconocido como lo hago yo? No. Y, ¿por qué no hay muchos, puede contestarme?

–No sé...

–Porque mi semblante respira la santa honradez.

Satisfechísimo de su conclusión, el bufoncillo se restregó las manos con satánico donaire, y echando complacidas miradas en redor prosiguió:

–Soy más bueno que el pan francés y más arbitrario que una preñada de cinco meses. Basta mirarme para comprender de inmediato que soy uno de aquellos hombres que aparecen de tanto en tanto sobre el planeta como un consuelo que Dios ofrece a los hombres en pago de sus penurias, y aunque no creo en la santísima Virgen, la bondad fluye de mis palabras como la piel del Himeto.

Mientras yo desencajaba los ojos asombrados, Rigoletto continuó:

–Yo podría ser abogado ahora, pero como no he estudiado no lo soy. En mi familia fui profesional del betún.

–¿Del betún?

–Sí, lustrador de botas..., lo cual me honra, porque yo solo he escalado la posición que ocupo. ¿O le molesta que haya sido profesional? ¿Acaso no se dice "técnico de calzado" el último remendón de portal, y "experto en cabellos y sus derivados" el rapabarbas, y profesor de baile el cafishio profesional?...

Indudablemente, era aquél el pillete más divertido que había encontrado en mi vida.

–¿Y ahora qué hace usted?

–Levanto quinielas entre mis favorecedores, señor. No dudo que usted será mi cliente. Pida informes...

–No hace falta...

–¿Quiere fumar usted, caballero?

–¡Cómo no!

Después que encendí el cigarro que él me hubo ofrecido, Rigoletto apoyó el corto brazo en mi mesa y di jo:

–Yo soy enemigo de contraer amistades nuevas porque la gente generalmente carece de tacto y educación, pero usted me convence.... me parece una persona muy de bien y quiero ser su amigo–dicho lo cual, y ustedes no lo creerán, el corcovado abandonó su silla y se instaló en mi mesa.

Ahora no dudarán ustedes de que Rigoletto era el ente más descarado de su especie, y ello me divirtió a punto tal que no pude menos de pasar el brazo por encima de la mesa y darle dos palmadas amistosas en la giba.

Quedóse el contrahecho mirándome gravemente un instante; luego lo pensó mejor, y sonriendo, agregó:

–¡Que le aproveche, caballero, porque a mí no me ha dado ninguna suerte!

Siempre dudé que mi novia me quisiera con la misma fuerza de enamoramiento que a mí me hacía pensar en ella durante todo el día, como en una imagen sobrenatural.

Por momentos la sentía implantada en mi existencia semejante a un peñasco en el centro de un río. Y esta sensación de ser la corriente dividida en dos ondas cada día más pequeñas por el crecimiento del peñasco, resumía mi deleite de enamoramiento y anulación. ¿Comprenden ustedes? La vida que corre en nosotros se corta en dos raudales al llegar a su imagen, y como la corriente no puede destruir la roca, terminamos anhelando el peñasco que aja nuestro movimiento y permanece inmutable.

Naturalmente, ella desde el primer día que nos tratamos, me hizo experimentar con su frialdad sonriente el peso de su autoridad. Sin poder concretar en qué consistía el dominio que ejercía sobre mí, éste se traducía como la presión de una atmósfera sobre mi pasión. Frente a ella me sentía ridículo, inferior sin saber precisar en qué podía consistir cualquiera de ambas cosas.

De más está decir que nunca me atreví a besarla, porque se me ocurría que ella podía considerar un ultraje mi caricia. Eso sí, me era más fácil imaginármela entregada a las caricias de otro, aunque ahora se me ocurre que esa imaginación pervertida era la consecuencia de mi conducta imbécil para con ella.

En tanto, mediante esas curiosas transmutaciones que obra a veces la alquimia de las pasiones, comencé a odiarla rabiosamente a la madre, responsabilizándola también, ignoro por qué, de aquella situación absurda en que me encontraba. Si yo estaba de novio en aquella casa debíase a las arterias de la maldita vieja, y llegó a producirse en poco tiempo una de las situaciones más raras de que haya oído hablar, pues me retenía en la casa, junto a mi novia, no el amor a ella, sino el odio al alma taciturna y violenta que envasaba la madre silenciosa, pesando a todas horas cuántas probabilidades existían en el presente de que me casara o no con su hija. Ahora estaba aferrado al semblante de la madre como a una mala injuria inolvidable o a una humillación atroz. Me olvidaba de la muchacha que estaba a mi lado para entretenerme en estudiar el rostro de la anciana, abotagado por el relajamiento de la red muscular, terroso, inmóvil por momentos como si estuviera tallado en plata sucia, y con ojos negros, vivos e insolentes.

Las mejillas estaban surcadas por gruesas arrugas amarillas, y cuando aquel rostro estaba inmóvil y grave, con los ojos desviados de los míos, por ejemplo, detenidos en el plafón de la sala, emanaba de esa figura envuelta en ropas negras tal implacable voluntad, que el tono de la voz, enérgico y recio, lo que hacía era sólo afirmarla.

Yo tuve la sensación, en un momento dado, que esa mujer me aborrecía, porque la intimidad, a la cual ella "involuntariamente" me había arrastrado, no aseguraba en su interior las ilusiones que un día se había hecho respecto a mí.

Y a medida que el odio crecía, y lanzaba en su interior furiosas voces, la señora X era más amable conmigo, se interesaba por mi salud, siempre precaria, tenía conmigo esas atenciones que las mujeres que han sido un poco sensuales gastan con sus hijos varones, y como una monstruosa araña iba tejiendo en redor de mi responsabilidad una fina tela de obligaciones. Sólo sus ojos negros e insolentes me espiaban de continuo, revisándome el alma y sopesando mis intenciones. A veces, cuando la incertidumbre se le hacía insoportable, estallaba casi en estas indirectas:

–Las amigas no hacen sino preguntarme cuándo se casan ustedes, y yo ¿qué les voy a contestar? Que pronto.–O si no:– Sería conveniente, no le parece a usted, que la "nena" fuera preparando su ajuar.

Cuando la señora X pronunciaba estas palabras, me miraba fijamente para descubrir si en un parpadeo o en un involuntario temblor de un nervio facial se revelaba mi intención de no cumplir con el compromiso, al cual ella me había arrastrado con su conducta habilísima. Aunque tenía la seguridad de que le daría una sorpresa desagradable, fingía estar segura de mi "decencia de caballero", mas el esfuerzo que tenía que efectuar para revestirse de esa apariencia de tranquilidad, ponía en el timbre de su voz una violencia meliflua, violencia que imprimía a las palabras una velocidad de cuchicheo, como quien os confía apuradamente un secreto, acompañando la voz con una inclinación de cabeza sobre el hombro derecho, mientras que la lengua humedecía los labios resecos por ese instinto animal que la impulsaba a desear matarme o hacerme víctima de una venganza atroz.

Además de voluntariosa, carecía de escrúpulos, pues fingía articular con mis ideas, que le eran odiosas en el más amplio sentido de la palabra.

Y aunque aparentemente resulte ridículo que dos personas se odien en la divergencia de un pensamiento, no lo es, porque en el subconsciente de cada hombre y de cada mujer donde se almacena el rencor, cuando no es posible otro escape, el odio se descarga como por una válvula psíquica en la oposición de las ideas. Por ejemplo, ella, que odiaba a los bolcheviques, me escuchaba deferentemente cuando yo hablaba de las rencillas de Trotsky y Stalin, y hasta llegó al extremo de fingir interesarse por Lenin, ella, ella que se entusiasmaba ardientemente con los más groseros figurones de nuestra política conservadora. Acomodaticia y flexible, su aprobación a mis ideas era una injuria, me sentía empequeñecido y denigrado frente a una mujer que si yo hubiera afirmado que el día era noche, me contestara:

–Efectivamente, no me fijé que el sol hace rato que se ha puesto.

Sintetizando, ella deseaba que me casara de una vez. Luego se encargaría de darme con las puertas en las narices y de resarcirse de todas las dudas en que la había mantenido sumergida mi noviazgo eterno.

En tanto la malla de la red se iba ajustando cada vez más a mi organismo. Me sentía amarrado por invisibles cordeles. Día tras día la señora X agregaba un nudo más a su tejido, y mi tristeza crecía como si ante mis ojos estuvieran serruchando las tablas del ataúd que me iban a sumergir en la nada.

Sabía que en la casa, lo poco bueno que persistía en mí iba a naufragar si yo aceptaba la situación que traía aparejada el compromiso. Ellas, la madre y la hija, me atraían a sus preocupaciones mezquinas, a su vida sórdida, sin ideales, una existencia gris, la verdadera noria de nuestro lenguaje popular, en el que la personalidad a medida que pasan los días se va desintegrando bajo el peso de las obligaciones económicas, que tienen la virtud de convertirlo a un hombre en uno de esos autómatas con cuello postizo, a quienes la mujer y la suegra retan a cada instante porque no trajo más dinero o no llegó a la hora establecida.

Hace mucho tiempo que he comprendido que no he nacido para semejante esclavitud. Admito que es más probable que mi destino me lleve a dormir junto a los rieles de un ferrocarril, en medio del campo verde, que a acarretillar un cochecito con toldo de hule, donde duerme un muñeco que al decir de la gente "debe enorgullecerme de ser padre".

Yo no he podido concebir jamás ese orgullo, y sí experimento un sentimiento de verguenza y de lástima cuando un buen señor se entusiasma frente a mí con el pretexto de que su esposa lo ha hecho "padre de familia". Hasta muchas veces me he dicho que esa gente que así procede son simuladores de alegría o unos perfectos estúpidos. Porque en vez de felicitarnos del nacimiento de una criatura debíamos llorar de haber provocado la aparición en este mundo de un mísero y débil cuerpo humano, que a través de los años sufrirá incontables horas de dolor y escasísimos minutos de alegría.

Y mientras la "deliciosa criatura" con la cabeza tiesa junto a mi hombro soñaba con un futuro sonrosado, yo, con los ojos perdidos en la triangular verdura de un ciprés cercano, pensaba con qué hoja cortante desgarrar la tela de la red, cuyas células a medida que crecía se hacían más pequeñas y densas.

Sin embargo, no encontraba un filo lo suficientemente agudo para desgarrar definitivamente la malla, hasta que conocí al corcovado.

En esas circunstancias se me ocurrió la "idea"–idea que fue pequeñita al principio como la raíz de una hierba, pero que en el transcurso de los días se bifurcó en mi cerebro, dilatándose, afianzando sus fibromas entre las células más remotas–y aunque no se me ocultaba que era ésa una "idea" extraña, fui familiarizándome con su contextura, de modo que a los pocos días ya estaba acostumbrado a ella y no faltaba sino llevarla a la práctica.

Esa idea, semidiabólica por su naturaleza, consistía en conducir a la casa de mi novia al insolente jorobadito, previo acuerdo con él, y promover un escándalo singular, de consecuencias irreparables. Buscando un motivo mediante el cual podría provocar una ruptura, reparé en una ofensa que podría inferirle a mi novia, sumamente curiosa, la cual consistía:

Bajo la apariencia de una conmiseración elevada a su más pura violencia y expresión, el primer beso que ella aún no me había dado a mí, tendría que dárselo al repugnante corcovado que jamás había sido amado, que jamás conoció la piedad angélica ni la belleza terrestre.

Familiarizado, como les cuento, con mi "idea", si a algo tan magnífico se puede llamar idea, me dirigí al café en busca de Rigoletto.

Después que se hubo sentado a mi lado, le dije:

–Querido amigo: muchas veces he pensado que ninguna mujer lo ha besado ni lo besará. ¡No me interrumpa! Yo la quiero mucho a mi novia, pero dudo que me corresponda de corazón. Y tanto la quiero que para que se dé cuenta de mi cariño le diré que nunca la he besado. Ahora bien: yo quiero que ella me dé una prueba de su amor hacia mí... y esa prueba consistirá en que lo bese a usted. ¿Está conforme?

Respingó el corcovado en su silla; luego con tono enfático me replicó:

–¿Y quién me indemniza a mí, caballero, del mal rato que voy a pasar?

–¿Cómo, mal rato?

–¡Naturalmente! ¿O usted se cree que yo puedo prestarme por ser jorobado a farsas tan innobles? Usted me va a llevar a la casa de su novia y como quien presenta un monstruo, le dirá: "Querida, te presento al dromedario".

–¡Yo no la tuteo a mi novia!

–Para el caso es lo mismo. Y yo en tanto, ¿qué voy a quedarme haciendo, caballero? ¿Abriendo la boca como un imbécil, mientras disputan sus tonterías? ¡No, señor; muchas gracias! Gracias por su buena intención, como le decía la liebre al cazador. Además, que usted me dijo que nunca la había besado a su novia.

–Y eso, ¿qué tiene que ver?

–¡Claro! ¿Usted sabe acaso si a mí me gusta que me besen? Puede no gustarme. Y si no me gusta, ¿por qué usted quiere obligarme? ¿O es que usted se cree que porque soy corcovado no tengo sentimientos humanos?

La resistencia de Rigoletto me enardeció. Violentamente, le dije:

–Pero ¿no se da cuenta de que es usted, con su joroba y figura desgraciadas, el que me sugirió este admirable proyecto? ¡Piense, infeliz! Si mi novia consiente, le quedará a usted un recuerdo espléndido. Podrá decir por todas partes que ha conocido a la criatura más adorable de la tierra. ¿No se da cuenta? Su primer beso habrá sido para usted.

–¿Y quién le dice a usted que ése sea el primer beso que haya dado?

Durante un instante me quedé inmóvil; luego, obcecado por ese frenesí que violentaba toda mi vida hacia la ejecución de la "idea", le respondí:

–Y a vos, Rigoletto, ¿qué se te importa?

–¡No me llame Rigoletto! Yo no le he dado tanta confianza para que me ponga sobrenombres.

–Pero ¿sabés que sos el contrahecho más insolente que he conocido?

Amainó el jorobadito y ya dijo:

–¿Y si me ultrajara de palabra o de hecho?

–¡No seas ridículo, Rigoletto! ¿Quién te va a ultrajar? ¡Si vos sos un bufón! ¿No te das cuenta? ¡Sos un bufón y un parásito! ¿Para qué hacés entonces la comedia de la dignidad?

–¡Rotundamente protesto, caballero!

–Protestá todo lo que quieras, pero escucháme. Sos un desvergonzado parásito. Creo que me expreso con suficiente claridad ¿no? Les chupás la sangre a todos los clientes del café que tienen la imprudencia de escuchar tus melifluas palabras. Indudablemente no se encuentra en todo Buenos Aires un cínico de tu estampa y calibre. ¿Con qué derecho, entonces, pretendés que te indemnicen si a vos te indemniza mi tontería de llevarte a una casa donde no sos digno de barrer el zaguán? ¡Qué más indemnización querés que el beso que ella, santamente, te dará, insensible a tu cara, el mapa de la desverguenza!

–¡No me ultraje!

–Bueno, Rigoletto, ¿aceptás o no aceptás?

–¿Y si ella se niega a dármelo o quedo desairado?...

–Te daré veinte pesos.

–¿Y cuándo vamos a ir?

–Mañana. Cortáte el pelo, limpiáte las uñas...

–Bueno..., présteme cinco pesos...

–Tomá diez.

A las nueve de la noche salí con Rigoletto en dirección a la casa de mi novia.

El giboso se había perfumado endiabladamente y estrenaba una corbata plastrón de color violeta.

La noche se presentaba sombría con sus ráfagas de viento encallejonadas en las bocacalles, y en el confín, tristemente iluminado por oscilantes lunas eléctricas, se veían deslizarse vertiginosas cordilleras de nubes.

Yo estaba malhumorado, triste. Tan apresuradamente caminaba que el cojo casi corría tras de mí, y a momentos tomándome del borde del saco, me decía con tono lastimero:

–¡Pero usted quiere reventarme! ¿Qué le pasa a usted?

Y de tal manera crecía mi enfurecimiento que de no necesitarlo a Rigoletto lo hubiera arrojado de un puntapié al medio de la calzada.

¡Y cómo soplaba el viento! No se veía alma viviente por las calles, y una claridad espectral caída del segundo cielo que contenían las combadas nubes, hacía más nítidos los contornos de las fachadas y sus cresterías funerarias.

No había quedado un trozo de papel por los suelos. Parecía que la ciudad había sido borrada por una tropa de espectros. Y a pesar de encontrarme en ella, creía estar perdido en un bosque.

El viento doblaba violentamente la copa de los árboles, pero el maldito corcovado me perseguía en mi carrera, como si no quisiera perderme, semejante a mi genio malo, semejante a lo malvado de mí mismo que para concretarse se hubiera revestido con la figura abominable del giboso.

Y yo estaba triste. Enormemente triste, como no se lo imaginan ustedes. Comprendía que le iba a inferir un atroz ultraje a la fría calculadora; comprendía que ese acto me separaría para siempre de ella, lo cual no obstaba para que me dijera a medida que cruzaba las aceras desiertas:

–Si Rigoletto fuera mi hermano, no hubiera procedido lo mismo. –Y comprendía que sí, que si Rigoletto hubiera sido mi hermano, yo toda la vida lo hubiera compadecido con angustia enorme. Por su aislamiento, por su falta de amor que le hiciera tolerable los días colmados por los ultrajes de todas las miradas. Y me añadía que la mujer que me hubiera querido debía primero haberlo amado a él.

De pronto me detuve ante un zaguán iluminado:

–Aquí es.

Mi corazón latía fuertemente. Rigoletto atiesó el pescuezo y, empinado sobre la punta de sus pies, al tiempo que se arreglaba el moño de la corbata, me dijo:

–¡Acuérdese! ¡Usted es el único culpable! ¡Que el pecado... !

Fina y alta, apareció mi novia en la sala dorada.

Aunque sonreía, su mirada me escudriñaba con la misma serenidad con que me examinó la primera vez cuando le dije: "¿me permite una palabra, señorita?", y esta contradicción entte la sonrisa de su carne (pues es la carne la que hace ese movimiento delicioso que llamamos sonrisa) y la fría expectativa de su inteligencia discerniéndome mediante los ojos, era la que siempre me causaba la extraña impresión.

Avanzó cordialmente a mi encuentro, pero al descubrir al contrahecho, se detuvo asombrada, interrogándonos a los dos con la mirada.

–Elsa, le voy a presentar a mi amigo Rigoletto.

–¡No me ultraje, caballero! ¡Usted bien sabe que no me llamo Rigoletto!

–¡A ver si te callás!

Elsa detuvo la sonrisa. Mirábame seriamente, como si yo estuviera en trance de convertirme en un desconocido para ella. Señalándole una butaca dorada le dije al contrahecho:

–Sentáte allí y no te muevas.

Quedóse el giboso con los pies a dos cuartas del suelo y el sombrero de paja sobre las rodillas y con su carota atezada parecía un ridículo ídolo chino. Elsa contemplaba estupefacta al absurdo personaje.

Me sentí súbitamente calmado.

–Elsa–le dije–, Elsa, yo dudo de su amor. No se preocupe por ese repugnante canalla que nos escucha. Oigame: yo dudo... no sé por qué..., pero dudo de que usted me quiera. Es triste eso..., créalo... Demuéstreme, déme una prueba de que me quiere, y seré toda la vida su esclavo.

Naturalmente, yo no estaba seguro de lo que quería expresar "toda la vida", pero tanto me agradó la frase que insistí:

–Sí, su esclavo para toda la vida. No crea que he bebido. Sienta el olor de mi aliento.

Elsa retrocedió a medida que yo me acercaba a ella, y en ese momento, ¿saben ustedes lo que se le ocurre al maldito cojo? Pues: tocar una marcha militar con el nudillo de sus dedos en la copa del sombrero.

Me volví al cojo y después de conminarle silencio, me expliqué:

–Vea, Elsa, y la única prueba de amor es que le dé un beso a Rigoletto.

Los ojos de la doncella se llenaron de una claridad sombría. Caviló un instante; luego, sin cólera en la voz, me dijo muy lentamente:

–¡Retírese!

–¡Pero! ...

–¡Retírese, por favor...; váyase!...

Yo me inclino a creer que el asunto hubiera tenido compostura, créanlo..., pero aquí ocurrió algo curioso, y es que Rigoletto, que hasta entonces había guardado silencio, se levantó exclamando:

–¡No le permito esa insolencia, señorita..., no le permito que lo trate así a mi noble amigo! Usted no tiene corazón para la desgracia ajena. ¡Corazón de peñasco, es indigna de ser la novia de mi amigo!

Más tarde mucha gente creyó que lo que ocurrió fue una comedia preparada. Y la prueba de que yo ignoraba lo que iba a ocurrir, es que al escuchar los despropósitos del contrahecho me desplomé en un sofá riéndome a gritos, mientras que el giboso, con el semblante congestionado, t ieso en el cent ro de la sala, con su brac i to extend ido , vociferaba:

–¡Por qué usted le dijo a mi amigo que un beso no se pide..., se da! ¿Son conversaciones esas adecuadas para una que presume de señorita como usted? ¿No le da a usted verguenza?

Descompuesto de risa, sólo atiné a decir:

–¡Calláte, Rigoletto; calláte!...

El corcovado se volvió enfático:

–¡Permítame, caballero...; no necesito que me dé lecciones de urbanidad!–Y volviéndose a Elsa, que roja de verguenza había retrocedido hasta la puerta de la sala, le dijo:–¡Señorita... la conmino a que me dé un beso!

E1 límite de resistencia de las personas es variable. Elsa huyó arrojando grandes gritos y en menos tiempo del que podía esperarse aparecieron en la sala su padre y su madre, la última con una servilleta en la mano.

¿Ustedes creen que el cojo se amilanó? Nada de eso. Colocado en medio de la sala, gritó estentóreamente:

–¡Ustedes no tienen nada que hacer aquí! ¡Yo he venido en cumplimiento de una alta misión filantrópica! ... ¡No se acerquen!–Y antes de que ellos tuvieran tiempo de avanzar para arrojarlo por la ventana, el corcovado desenfundó un revólver, encañonándolos.

Se espantaron porque creyeron que estaba loco, y cuando los vi así inmovilizados por el miedo, quedéme a la expectativa, como quien no tuviera nada que hacer en tal asunto, pues ahora la insolencia de Rigoletto parecíame de lo más extraordinaria y pintoresca.

Este, dándose cuenta del efecto causado, se envalentonó:

–¡Yo he venido a cumplir una alta misión filantrópica! Y es necesario que Elsa me dé un beso para que yo le perdone a la humanidad mi corcova. A cuenta del beso, sírvanme un té con coñac. ¡Es una verguenza cómo ustedes atienden a las visitas! ¡No tuerza la nariz, señora, que para eso me he perfumado! ¡Y tráigame el té!

¡Ah, inefable Rigoletto! Dicen que estoy loco, pero jamás un cuerdo se ha reído con tus insolencias como yo, que no estaba en mis cabales.

–Lo haré meter preso...

–Usted ignora las más elementales reglas de cortesía–insistía el corcovado–. Ustedes están obligados a atenderme como a un caballero. E1 hecho de ser jorobado no los autoriza a despreciarme. Yo he venido para cumplir una alta misión filantrópica. La novia de mi amigo está obligada a darme un beso. Y no lo rechazo. Lo acepto. Comprendo que debo aceptarlo como una reparación que me debe la sociedad, y no me niego a recibirlo.

Indudablemente... si allí había un loco, era Rigoletto, no les quede la menor duda, señores. Continuó él:

–Caballero... yo soy...

Un vigilante tras otro entraron en la sala. No recuerdo nada más Dicen los periódicos que me desvanecí al verlos entrar. Es posible.

¿Y ahora se dan cuenta por qué el hijo del diablo, el maldito jorobado, castigaba a la marrana todas las tardes y por qué yo he terminado estrangulándole?